Traemos hasta aquí un ejemplo de los más absurdos e irresponsables derribos de una pieza del rico patrimonio artístico de la ciudad de Écija que se llevó a cabo en los años sesenta del siglo XX. Incomprensiblemente, la Iglesia de la Victoria, perteneciente a la ex-comunidad de los Mínimos, quedó mutilada por la desidia de los responsables: las dos portadas quedaron separadas del templo sin que se llegaran a ejecutar ningún tipo de obra de consolidación.

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Las rogativas, ritos populares católicos de súplica, frecuentemente acompañados de procesiones, se celebran con motivo de necesidades ocasionales. Los ecijanos, a través del tiempo, han acudido a las imágenes de más devoción popular en los casos de necesidad y preocupación generalizada. Y, posiblemente, una de las imágenes que con más frecuencia ha salido con este fin ha sido el Cristo de Confalón, que se venera en la Iglesia de la Victoria, y siempre, con una petición secular en Écija: implorar su auxilio para remediar la pertinaz sequía.

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Las primeras entidades bancarias que desembarcan en Écija fueron dos de amplio desarrollo en la geografía española: el Banco Español de Crédito y el Banco Hispano Americano. La primera abrió su sucursal en la segunda década del siglo XX, y la segunda lo hace el día 25 de enero de 1925, festividad de la Conversión de San Pablo, Patrón de la Ciudad. Ambas entidades coincidieron en ubicar sus oficinas en la Plaza de España, aunque en aceras distintas: Banesto tomó la del Norte y el Banco Hispano Americano la del Sur, aunque ésta última tuvo, con carácter provisional, una oficina en la zona Este, cerca de la Iglesia de Santa Bárbara, en tanto concluían las obras de adaptación del edificio.

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Desde muchos años existía en la sacristía de la Iglesia de Santa María, un cuadro de la Virgen del Pilar Patrona de la Hispanidad de gran devoción. Su párroco Francisco Domínguez, con el fin de hacer más tangible esa devoción encargó al escultor sevillano Cayetano González, una imagen de talla que durante muchos años, procesionó por las calles de nuestra ciudad.

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El Ayuntamiento de Écija mandaba imprimir los presupuestos ordinarios para el general conocimiento de los ciudadanos. Hasta nosotros ha llegado un ejemplar correspondiente al año 1951 en el que se especifican de forma pormenorizada tanto los ingresos como los gastos. El presupuesto -aprobado en sesiones celebradas los día 29 de octubre de 1950 y 4 de enero de 1951- ascendía a 3.677.722,64 pesetas. En el capítulo 2 aparece la asignación destinada al alcalde por importe 25.600 pesetas. Los tenientes de alcaldes y concejales jurados no tenían ningún tipo de asignación. El capítulo 4, lo integraban los gastos de la policía urbana y rural, alumbrado y servicios eléctricos y mecánicos, mercado y puestos públicos, alhóndiga, matadero, guardería rural, prevención y extinción de plagas del campo, extinción de animales dañinos.

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La I Fiesta del Algodón tuvo lugar en 1961, incorporándose a la centenaria feria de septiembre. En la Plaza de Santa María, frente al monumento de la Virgen del Valle, se alzó el trono y el dosel, destinados a ser ocupado por la reina y sus damas. En coches enjaezados a la andaluza, llegó el cortejo real acompañado de la Corporación Municipal escoltado por los maceros del Ayuntamiento y haciendo su triunfal entrada en la plaza bellamente engalanada a los acordes del himno de la ciudad, interpretado por la Banda Municipal.

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Desde la apertura de la avenida Miguel de Cervantes, en 1912, las ferias ecijanas, -tanto la extinta de mayo como la de septiembre- tomaron esta vía urbana como el centro de la actividad ferial. La portada se instalaba al comienzo de la avenida es decir, en la propia Plaza Mayor. A lo largo y ancho de la misma quedaban los más variopintos puestos feriales. No faltaban los de turrón, juguetes, venta de alimentos y los de los aguadores que pregonaban la procedencia del líquido (“agua de la barranca” “del Trillo” o de la fuente de “Gallardo”). La función de estos puestos era proveer agua a los viandantes que, por una módica cantidad de dinero, podían beber en los botijos de forma “que a real se podía tragar hasta la jartá”.

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