Confieso que hace tres semanas, cuando publiqué la primera parte de este artículo, ya tenía casi escrito las dos siguientes, peso de tener que esperar casi un mes para no publicar de golpe un artículo tan extenso, me ha generado un problema que, para ser sincero, ya me lo veía venir desde lejos: la dinámica de los acontecimientos era tan rápida que, llegada la tercera parte, como que queda obsoleta y me siento en la necesidad de reestructurarla casi por completo.

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Porque he tomado distancia para poder escribir después de conocer los datos, ahora -que el tiempo ha pasado y los datos son incuestionables- puedo manifestarme con mayor rigor aunque, lógicamente, dejando un margen al posible error del que conoce el daño de los dogmas. Sin embargo, creo que, antes que nada, deberíamos tener presente dos premisas fundamentales: la primera es que nadie quiere una pandemia en su casa y, por tanto -y esta sería la segunda premisa- todos los gobernantes, por lógica, están dispuestos a combatirla con los medios a su alcance… y, de esta última afirmación, surge -en España y para los españoles- el primer conflicto con la Lógica. 

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Confieso que regreso a mis artículos con la culpa del prófugo y la complicidad de los amigos. Esta situación extrema de la pandemia, que estamos viviendo y que nos ha desbordado por lo grave y extraordinario, me acobardó ante las letras. No por falta de ideas sino porque escribo lo que pienso y, en esta ocasión, me pudo la prudencia pues me asaltaban demasiados pensamientos y todos eran, tan de alto riesgo, que me aconsejaban la espera. Además, muchas veces, los datos a los que podía acceder me exigían prudencia, pues las redes sociales estaban, cada vez, más alteradas y polarizadas, impregnadas -en ambos extremos- por el maniqueísmo más burdo del oportunismo, el partidismo y la ignorancia.

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Esta tarde se nos fue Ramón Freire. Muchos amigos que me llamaron lo hicieron extrañados porque no conocían la gravedad de Ramón; pero es que él siempre andaba con la sonrisa puesta y, así, era muy difícil presentirle la dolencia. Al final, se ha querido marchar con un cierto recato, aprovechando todo este jaleo del puñetero coronavirus, para evitarse las colas interminables que se habrían formado en Santa Cruz. Un acto de caballerosidad para con su amada Pilar y sus hijos: un gesto inequívoco de nobleza para evitarles el amargo trago de las circunstancias. Las cosas de Ramón: todo un señor sin necesidad de empeñarse. El “Marqués de Santo Domingo” de nuestras tertulias, mi Hermano Ramón en los buenos y malos ratos; en toda esta pasión por nuestras cosas.

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El coronavirus acabó forzando el aplazamiento de las que iban a ser las primeras jornadas científicas realmente serias sobre la ciudad de Munda, la batalla que se libró ante sus murallas, sus prolegómenos y sus consecuencias. El bagaje académico de los ponentes, nos garantizaban a todos la esperanza de origen que tendrían estas Jornadas para un futuro -a corto, medio y largo plazo- en el que se podrían abordar nuevas iniciativas tendentes a identificar, sin lugar a dudas, la ubicación definitiva de la ciudad que dio nombre al enfrentamiento entre Julio César y los hijos de Pompeyo “el Grande” y que, a la postre, resultaría definitiva para dirimir la segunda guerra civil de Roma y su posterior forma de gobierno.

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Vaya por delante que, desde hace un tiempo, vengo advirtiendo que todos estos disparates que estamos viviendo, me están condenando a una radicalización que no deseo y contra la que lucho, constantemente, pretendiendo la objetividad y tirando, para ello de análisis y reflexión. Por eso, hoy debo confesar el sabor agridulce y las muchas dudas que me asaltaron cuando, hace unos días se hizo pública la retirada, en el cementerio de Madrid, de un proyecto donde se recogían unos versos de Miguel Hernández.

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