Reconozco que muchas veces me parece una putada esto de prever lo que puede pasar. Sobre todo, cuando ocurre algo que debería dolernos. Entonces, renuncio a ese: “¡Mira que te lo dije!… ¡Si ya te lo decía yo!... ¿Cuántas veces te lo advertí?”, porque, en el fondo, considero indecente ese recochineo, que no deja de ser un alarde: un íntimo gesto de mala leche contra alguien que yerra y que, de alguna forma, nos importa.

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La parrafada que la ministro Celáa lanzó sobre los derechos de los padres a la educación de sus hijos, me da en las narices que sólo pretendía una pose de marcada progresía buscando aliados a la desesperada; y la cosa es grave, aunque después haya querido parchear un poco, más aún después de lo que estamos aprendiendo en Cataluña sobre la importancia de la Educación y lo fácil que resulta manipularla.

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Para las elecciones municipales de hace algo más de cuatro años, escribí un artículo titulado “Mi Candidato”. En él intentaba determinar -tras mis veinte años de activismo político- las cualidades que, según entendía, debían adornar a un buen Candidato, a un verdadero líder.

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Cuando Franco murió dejó dicho, entre sus últimas voluntades, la de ser enterrado en el Cementerio de El Pardo, donde había mandado construir una última morada para descansar junto a su esposa Carmen. No sólo eso; como no se fiaba de nadie, supervisó personalmente las obras y, en uno de esos gestos de austeridad gallega, pidió que achicaran el proyecto original porque le pareció demasiado ostentoso.

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