“Tipografía”

Viendo las imágenes del asalto al edificio del Congreso de Estados Unidos por parte de decenas de enfervorizados e incontrolables partidarios de Trump, el individuo capaz de poner en solfa y triturar -a base de incontinente soberbia- un Sistema Democrático que, con sus tachones, ha servido como espejo para muchos otros de Occidente, he recordado de sopetón un artículo que escribí hace un par de años y en el que analizaba el fenómeno indeseable de la Oclocracia.

Entre otras cosas, en aquel artículo escribí: “De la diferencia entre un ciudadano y un vasallo depende nuestra Democracia, pues si ésta es el “gobierno del Pueblo”, existe la Oclocracia como “Gobierno de la muchedumbre”; y, si el Pueblo responde a las raíces y a la razón, en cambio la muchedumbre lo hace por instinto de supervivencia y, aunque el instinto es algo primitivo y espontáneo, la Oclocracia es un sistema pensado, planificado, puesto en marcha e impulsado por los demagogos, con el único fin de conseguir el poder que da los votos y servirse de él para sus intereses particulares o los de su grupo… De esto surge la antigua paradoja de la Democracia que, si bien es bendecida como el menos malo de los sistemas políticos, sin embargo, por su propia naturaleza corre el riesgo, mientras más universal, de resultar más perversa; pues en las urnas, resulta obvio que no es lo mismo un votante informado que uno desinformado; o, lo que es lo mismo, un ciudadano libre que un vasallo.

Fue Polibio, hace dos mil doscientos años quien, para describir esta degeneración que puede sufrir la democracia, acuñó el término de OCLOCRACIA que define el “gobierno de la muchedumbre”. Una masa que, según el autor de “Historias”, a la hora de abordar los asuntos políticos “presenta una voluntad viciada, confusa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno…” El autor griego escribe sobre la Oclocracia: “es el fruto de la acción demagógica cuando, con el pasar del tiempo, la democracia se mancha de ilegalidad y violencias”. Por su parte, Rousseau la define como la degeneración de la democracia; y el escocés James Mackintosh, lo hace como “la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo”

Los oclócratas, pues, intentan mantener un sistema indeseable para ejercer el poder, buscando su legitimidad a través de la manipulación del sector más ignorante de la sociedad –formado por votantes potenciales-, sobre el que vuelcan su atención, sus consignas y su propaganda; porque, lógicamente -como ocurre en nuestro país-, resulta mucho más fácil manipular a un bachiller con una asignatura “no suficientemente aprobada”, que a quien se le exigió el aprobado. Sin embargo, sus votos valen exactamente lo mismo (e incluso, según la provincia, hasta puede tener menos valor el voto emitido por un catedrático de Derecho Constitucional).

Por tanto, lo que más interesa a estos políticos demagogos (su arma más efectiva) es la ignorancia de los ciudadanos, no los intereses generales. Su objetivo es conseguir y mantener un poder personal o de grupo y, para ello, el instrumento que utilizan es la demagogia aplicada sobre las emociones irracionales. De esta forma se provoca la reacción del instinto, que es inmediata, visceral y, por tanto, responde ante los discursos imbuidos en discriminaciones y agravios o que fomentan los fanatismos (es lo que pasó ayer en Estados Unidos, tras el mitin de Trump) o los miedos y las perspectivas de utopías inalcanzables (es lo que nos está pasando durante los últimos años en España).

Lógicamente, el procedimiento utilizado para conseguir todo esto, es la monopolización y control del Sistema Educación y de los medios de Comunicación. Con ello se consigue el dominio sobre la masa y, como consecuencia, el apoyo de una voluntad manipulada que, de esta forma, vicia el principio de la Democracia, pues la legitimidad que otorga el Pueblo puede acabar corrompida (recordemos a Hitler o a Chávez).

Se hace necesaria, pues, en toda Democracia, la implantación y el impulso de un Sistema Educativo de calidad y consenso, y de unos medios de comunicación independientes y objetivos.

Ayer, la realidad nos mostró el paradigma de un político oclócrata, llamado Donald Trump que, insertado en una Democracia estructurada que le exige cumplir la Ley, se halla en la tesitura de tener que abandonar el poder casi absoluto que ha ostentado durante cuatro años (aquí, en su día, le dimos en llamar el “Síndrome de la Moncloa”) y, visto lo visto, mucho deberíamos reflexionar sobre la conveniencia de amparar las ambiciones de estos individuos que sólo responden ante su Ego y -por si las moscas- pensar con urgencia (porque nuestro Sistema Democrático no tiene los arbotantes del estadounidense) en ir poniendo las barbas a remojo.

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