“Tipografía”

Ayer copié y colgué en mi muro de “Facebook”, una de esas curiosidades que encuentro en Internet de vez en cuando y que, por su interés, su ingenio o su simpatía, me parecen idóneas para compartirlas con los demás. Lógicamente, añadiéndole cualquier comentario explicativo y la fuente de la que provienen. Se trataba de la imagen de un niño sentado en las piernas de un Santa Claus, al que el infante le preguntaba inocentemente, “Y tú en qué parte de la Biblia sales”; a lo que el santo bonachón venía a responderle: “En ninguna, a mí me patrocina Coca-Cola”.

Mi clara intención era la de reivindicar -por enésima vez- nuestros Reyes Magos para estas fechas, obviando la horrible influencia anglosajona a la que, por desgracia, es tan aficionado el fenómeno friqui de esta Edad del Ciberespacio por la que me temo que ya boquea la que dimos en llamar Contemporánea.

Sin embargo, como me temía, surgió una voz para aclarar que la burra y el buey tampoco salían en la Biblia. Era tan obvio que, lógicamente, tuve que dejar mascaita la intencionalidad que me movió a colgar el mensaje: reivindicar los belenes frente a los papánoeles como una tradición, un patrimonio cultural mediterráneo que no debíamos dejar al pairo. Al final, he creído oportuno -para profundizar un poco más en este asunto- escribir estas letras apoyadas, fundamentalmente, en las que el prestigioso escritor bonaerense Omar López Mato escribió en el diario argentino “La Nación”, con el título “La Literatura que forjó la tradición de la Navidad”.

 

La cuestión que debemos plantear como premisa, es que la Navidad es una cosa y la Tradición navideña es otra bien distinta. Si la primera es la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, la esencia de su Venida; la segunda es una construcción social, literaria y mediática, forjada a través de los siglos y sus costumbres, desde el primer texto que, en 1292, escribiera Jacobus de Voragine, conocida como “La lectura de santos” y que, con la idea de hacerlo más cercano al pueblo llano, se aleja en sus elementos secundarios del verdadero relato evangélico, incluyendo imágenes como el burro y el buey que, sesenta y nueve años antes -en las navidades de 1223-, Francisco de Asís había colocado en el primer nacimiento de la Historia.

A partir de aquí, los belenes fueron celebrándose en todo el orbe cristiano hasta constituirse en una tradición que, casi trescientos años después, se vio alterada con la llegada de Lutero y su Reforma. Fue en Alemania, alrededor de 1.500, cuando el fraile Agustino iluminó con velas un abeto, instaurando, así, el Árbol de Navidad en los hogares protestantes.

Esta costumbre luterana fue exportada a la Inglaterra anglicana de la segunda mitad del siglo XVIII, por la reina Carlota de Mecklenburg-Strelitz, esposa de Jorge III “El Rey Loco”. En este punto fue cuando la Navidad perdió su carácter íntimo de recogimiento, para adquirir otro más comercial, asumiendo la tradición romana de entregar regalos durante la Saturnalia.

Durante el siglo XIX las costumbres navideñas se difundieron por el mundo y proliferó una literatura concreta relacionada con estas fiestas en la que se comenzó a resaltar la generosidad mítica de San Nicolás (convertido en Papá Noel para Centroeuropa o Santa Klaus para el norte). 

En Estados Unidos todos estos elementos los introdujo Washington Irving. El autor de “Cuentos de la Alhambra”, publica -en 1820 y para sus lectores estadounidenses- una novela corta titulada “Vieja Navidad” y, en ella, introduce las costumbres navideñas-comerciales imperantes en Inglaterra, así como la figura de Santa Claus, el abeto iluminado y el muérdago. Tres años después y siguiendo la estela de Irving, Clement Clarke Moore edita “La noche antes de Navidad”, un poema que se hace celebérrimo y en el que se eterniza el mito de Santa Claus, con un trineo tirado por renos que, durante la noche de Navidad, entra por las chimeneas para dejar sus regalos.

Lógicamente, toda la carga íntima-sensitiva de estas fechas y la popularidad de los elementos que fueron surgiendo con el tiempo, generaron la aparición de una literatura navideña específica, que se desarrolló por todos los países. En la esfera anglosajona y centro europea, a través de autores tan prolíficos como Hans Christian Andersen, Oscar Wide, los hermanos Grimm, James Joce , Truman Capote, Paul Auster, Charles Dickens, Tolkien o el neoyorquino Frank Baum (autor del “Mago de Oz”), quien escribió “Vida y aventuras de Santa Claus”, en el que intenta explicar el milagro del reparto instantáneo de regalos por parte del santo.

Tan rica y variada, pero muy distinta de toda esta literatura anglosajona en los elementos y personajes principales (que no en el fondo del Espíritu navideño), es la que se fue generando en otros países, fundamentalmente católicos, que destacan elementos belenísticos mucho más acordes con la tradición surgida, como hemos visto, varios siglos antes en Asís. Autores como los franceses Alphonse Daudet, George Lenôtre o Collette; los rusos Dostoievski, Antón Chéjov o Tolstói; y muchos otros autores de fama universal, escribieron a la Navidad, bien en verso (como Rubén Darío o Vinícius de Moraes), en prosa e, incluso, hasta utilizando relatos crueles, como los de Guy de Maupassant o Primo Levi que, en su obra “La última Navidad de guerra” -localizada en el campo de concentración de Auschwitz-, el autor vive momentos de horror y tremendas humillaciones.

En la España del siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer (que, por cierto y vergüenza de todos, el pasado 22 de este diciembre, conmemoró sin pena ni gloria -como siempre hacemos en nuestra patria- el CL Aniversario de su muerte), escribe sobre la Misa del Gallo en su “Maese Pérez el organista”, Blasco Ibáñez lo hace sobre la lotería de la Navidad, Benito Pérez Galdós sobre el pesebre (“La Mula y el buey”), Valle-Inclán sobre los reyes magos, hasta Pedro Alarcón trata el bullicio y la celebración con aguardiente de guindas en su texto “La noche buena del Poeta”.

Por tanto, la literatura alrededor de la Navidad -en manos de autores de todas las épocas y naciones- creó el espíritu que hoy conocemos y celebramos en las fiestas. La necesidad de transmitir el mensaje a un Pueblo que debía percibir el milagro del Pesebre, originó este otro milagro de la tradición o las tradiciones católica y protestante (¡tan distintas en sus orígenes y sus elementos, como iguales en su Espíritu!)

 

Queda una sola reflexión: Si nos olvidáramos de los regalos y las celebraciones, de los papanoeles y los abetos y los reyes magos y los pastores, si lo obviáramos todo y sólo dejáramos un Pesebre con Jesús, que tanto vale para cualquiera de las dos tradiciones, ¿sentiríamos lo mismo durante estas fechas?... ¿Qué sentiría nuestro corazón, que pensaríamos, qué felicidad movería el Alma con sólo el Niño nacido?

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