“Tipografía”

Cuando supe por primera vez del término “Nueva Normalidad”, confieso que sentí como un repelú en el tuétano que me recorrió toda la espina dorsal hasta detenerse justo a las puertas de la conciencia de mis cosas: las que conozco, las que comprendo, las que razono, las que puedo distinguir con cierta nitidez y, también, aquellas que me proporcionan el beneficio de alguna duda razonable para poder cuestionarlas o el regalo de una pista fiable para tener por donde agarrarme en mis elucubraciones. ¿Nueva Normalidad? ¿Para qué? Si estábamos bien con la que conocíamos ya, ¿por qué no hacer todo lo posible por recuperar la antigua?

He guardado silencio durante meses. Era tan importante lo que nos estaba sucediendo y sus consecuencias, que me autoimpuse la virtud de la Prudencia. Me he limitado a observar la evolución de todo lo que estaba pasando y sólo, en momentos muy concretos, cuando me podía la rabia por lo que estaba viendo, la impotencia, la tristeza o la amargura y -sólo entonces- escribía cuatro letras casi en forma de aforismo.

Sin embargo, es cierto que hemos cambiado y que todo ha cambiado alrededor nuestra. Hace algo menos de un año, creíamos tener uno de los mejores Sistemas Sanitarios del Mundo, una de las Sociedades democráticas más avanzadas de Occidente, éramos un país de grandes oportunidades para la inversión extranjera y -gracias al Sol y al Sector de Servicios- un verdadero Paraíso para los turistas de todas las naciones y los pensionistas del primer Mundo.

Digan lo que digan los cronistas oficiales, todos los demás -incluyendo a los portavoces científicos de la O.M.S. y de la Unión Europea-, afirman que fue entre enero y marzo cuando llegó el puñetero virus a España. Lo que está claro -y resulta una realidad incontestable- es que nuestros políticos no supieron  o no quisieron hacer frente a la amenaza con el criterio médico-científico-asistencial con el que deberían haberlo hecho. Por el contrario, prevaleció el de las ideologías y acabaron por llevarnos al desastre; y ya se sabe: en un país donde los políticos ejercen como garrapatas, cuando meten los pinreles, no se dimite: se inventa y se reinventa, se miente y se discursea, se divaga y se mitinea, se promete y se despista. Todo, antes de aceptar la metedura de pata; y si las excusas no cuajan, se delegan responsabilidades para que, al final, puedan ser compartidas y, si es necesario, se cambian leyes y normas y conductas, con tal de aparentar una “nueva normalidad” que sirva de espejismo y le salve el culo a los (i)rresponsables. Pero no nos equivoquemos: una treta así sólo es un apaño y, por eso, esa “nueva normalidad” que se pregona, no puede dejar de ser otra cosa que una triste “anormalidad viciada y profunda”.

El desarrollo de los acontecimientos, nos marca la realidad. Cada vez son menos los trabajadores que cotizan y muchos más los desempleados. Lo peor es que, los que no trabajan, tienen que vivir de los que lo hacen. Así, niños, parados y pensionistas se convierten en una verdadera Carga Pública y -a falta de recursos- sólo cabe incrementar, aún más, los impuestos a los ciudadanos que, con su trabajo, nos están salvando a todos desde el principio.

La cosa es de parvulito con tres suspensos: si el Gasto Público crece, hay que recaudar más dinero y, por tanto, la carga impositiva tiene que crecer. Pero es que, además, mientras más subsidios se pagan, más impuestos se necesitan. No nos engañemos: mucha gente ha hecho sus cálculos y sabe que le trae más cuenta subsidiarse y quedarse en casita con una paguita segura, que pasarse el día trabajando para que, a fin de mes, lo expriman como a un limón.

Desde hace tiempo se sabe la mejor solución, pero hay que ponerle el cascabel al gato: antes de subir los impuestos a las empresas-empleadoras y a los trabajadores-paganinis, debería  recortarse drásticamente el Gasto Público, suprimiendo políticos comeollas, zampabollos, parásitos adláteres y tanto gasto superfluo que todos ellos gozan como un privilegio de casta (como diría alguien que yo conocí de pobre); ¡pero cualquiera mete la mano en el gaznate del lobo para discutirle la pitanza!... Eso sólo puede hacerlo el Pueblo en mayoría y, por eso, ante esta situación sólo nos cabe preguntarnos, ¿hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia? O, mejor, ¿hasta cuándo dejaremos que abusen de nuestra paciencia?

Sin embargo, lo más triste de toda esta anormalidad profunda a la que nos abocan nuestros dirigentes, es la mediocridad general a la que están condenando a los españoles (aunque digo yo que, teniendo en cuenta el nivel general de nuestra clase política, tampoco es cuestión de pedirle peras al olmo). Una mediocridad que, cada día, asume mayores cotas endogámicas, llegando -en el colmo de la ignorancia ejercida- a bendecir, vía suspensos cualificados, la consagración académica de la ineptitud.

Por eso, para mí, esta situación esperpéntica que estamos viviendo en la que, hasta en nuestro Congreso prevalece la discusión sobre el género de los colorcitos de los lápices de los pupitres en los colegios, sobre otros asuntos que se pretenden soslayar -incluso con las “espantás” de Sánchez- como la defensa de la independencia del Poder Judicial, del Control Legislativo, de los derechos ciudadanos o los atentados a los principios Constitucionales, la situación de desesperanza de las empresas y los trabajadores exprimidos, la gravedad de esta plaga de pícaros al asalto, holgazanes por oficio, analfabetos vocacionales y dirigentes para el buche, la víscera y el instinto;… esta “normalidad” -digo- no puedo considerarla “normal” y, por tanto, me niego a llamarla “Nueva Normalidad”.

Todo lo contrario: me temo que, si no lo evitamos, el rumbo que ha tomado España con esta tripulación, sólo puede abocarnos -antes o después- al naufragio en la más profunda anormalidad de la Justicia y la Razón.

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