“Tipografía”

Ayer, hablando con mi Hermano, el poeta rondeño Antonio Bocanegra, sobre este síntoma de la desgana con el que nos ha castigado la puñetera pandemia a muchos de los que escribimos, cuando -precisamente- tantas cosas se nos ocurren, me dio por preguntarme por las razones de esta pereza. Entonces, pensé en el inmenso dolor que acompaña a la epidemia. Un dolor, no sólo por el contagio y la muerte que provoca, sino por las terribles consecuencias de su paso y el temor que nos deja a lo por venir.

Todos estos efectos del coronavirus han tirado de la manta y han dejado a la intemperie las vergüenzas de nuestra pobrísima humanidad. Aparecemos en las televisiones aplaudiendo a héroes anónimos, mientras exponemos continuamente o dejamos morir a nuestros mayores que, en realidad, son los grandes héroes de nuestras vidas.

Mientras, los poderosos siguen engañándonos impunemente y nosotros nos dejamos engañar, por el buche o la ceguera. Usan el pañuelo de lágrimas del Pueblo como aljofifa para sus cagadas. Aprovechan el miedo al riesgo desconocido, para despistar o atenuar sus artimañas. Alimentan nuestro instinto más básico -el de la supervivencia-, para mantenernos atados -y bien atados- al estatus del vasallaje… y, mientras, nos invaden con las desinformaciones del cada día y los oropeles del velatorio que le han montado a Montesquieu.

Sin embargo, lo peor es observar que los de poniente y los de occidente se apedrean entre sí, los del norte ignoran a los del Sur, todos se enfrentan entre sí y, como consecuencia, las redes sociales sufren una ebullición de despropósitos, inducidas por las crecientes necesidades, la falta de soluciones, los agravios comparativos y los intereses de unos pocos desalmados.

Posiblemente, como todo en la vida, también esto de la Pandemia -¡que tanto nos está arrebatando!- proporcionará sus dividendos de alguna forma. No tengo dudas de que sólo los obtendrán las grandes industrias farmacéuticas, los extremistas irredentos y algunos políticos mamones sin escrúpulos. Por eso, escribir sobre todo esto me causa tanta pereza, porque -desde hace meses- siempre es lo mismo.

Pero está claro -como le decía ayer a mi Hermano Antonio- que debíamos intentar el esfuerzo y reaccionar aunque fuera con unas letras. Así lo dicta la obligación moral que sentimos los que sabemos que, muchas veces, cuando el mal vence al bien es, simplemente, porque los que creemos en el Bien, un día nos hartamos y dejamos de escribir.

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