Somos justos, pero somos tontos; y no es que estemos los tontos justos, que de gilones tenemos a manojitos.

Muchas veces me han fastidiado las decisiones del Tribunal Constitucional, pero sus fallos se basaban en la Constitución y salvaguardaban nuestra convivencia; y, por eso, las he aceptado de buen grado.

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Comienza agosto y, con él, las vacaciones oficiales de los señores congresistas -que las oficiosas se extienden algunos meses más-, sólo que este año tan atípico no podía pasar como otros y había que rizar el rizo para llegar, hasta el final, haciendo el memo. Por eso, los dos últimos episodios nacionales, han sido de antología.

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Supongo que habrá quien se extrañe por el título de este artículo, pero he de confesar que, llegando estas fechas y con todo lo que nos está ocurriendo, no quería dejar pasar la ocasión para reflexionar -una vez más- sobre un asunto que siempre me preocupa: el de la división, aparentemente inevitable, que sufrimos los españoles. Por tanto, con este artículo sólo intento una reflexión sobre un hecho que creo de vital importancia en nuestra relación y concepción como Pueblo. Más, como han sido varios los textos que escribí al respecto y sigo pensando lo mismo, sólo podía escribir lo que ya escribí antes y, por tanto, sólo cabía limitarme a realizar una actualización de anteriores artículos. Es decir: un gazpacho.

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Después de la decisión del gobierno Sánchez-Iglesias de subvencionar con ayudas exclusivamente a la Educación Pública ignorando a la Concertada, hay quien ha puesto el grito en el cielo como si fuese algo escandaloso. Sin embargo y, aunque en efecto podamos considerarlo un escándalo -teniendo en cuenta que la Educación Concertada supone casi un 30% en España, con dos millones de alumnos afectados y que el dinero que se niega es el de todos los contribuyentes-, no comprendo la sorpresa, cuando esta maniobra se veía venir más pronto que tarde.

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Avalanchas de iletrados
vienen paciendo a sus anchas
y, al pasar, pasan y cargan
con lo laico y lo sagrado:
lo mismo les da una reina
que la humildad de un vasallo,
la pluma de un escritor
o la espada de un hidalgo,
el amor de un misionero
que la estampa de un caballo:
hay que acabar con los monstruos
que la Historia haya alzado…

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Confieso que cada día estoy más asustado, pero no por el coronavirus dichoso -que a ese acabaremos venciéndolo o controlándolo-, mi miedo es a esa otra epidemia que los españoles estamos sufriendo desde hace unos años y que nos mantiene continuamente irritados, convirtiéndonos en seres irracionales dispuestos, siempre, a dar un paso más hacia el precipicio. Esta epidemia, de carácter endémico y periódico, es la del “sectarismo” puro y duro que padecemos en España secularmente y para el que nunca hubo mascarillas ni guantes ni dexametasona.

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Queridos padres, queridos abuelos, queridos vosotros que construisteis este país como si fuera una Patria (¡qué disparate!), queridos los que llegasteis hasta el invierno y os habéis hallado con la más gélida de las heridas: la Soledad. Queridos vosotros, que luchasteis por la reconciliación y, hasta el último instante abogasteis por no repetir la triste historia que nos persigue (¡adorables quijotes!). Queridos todos, que no esperabais nada, pero tampoco la maldición del coronavirus y la insólita respuesta de vuestra prole (¡ingenuos hasta el final!). Nunca pensé que, algún día, desde mi dulce otoño pudiera saludaros con envidia. Pero me permito esa envidia por lo bien que lo supisteis hacer: por vuestra inmensa capacidad de sacrificio, por todo lo que habéis sido y representáis para España, por todo lo que aprendimos de vosotros los muchos que ahora -a pesar de algunos otros pocos malandrines- os recordamos con el cariño más profundo y la mayor admiración, lejos de la insidia, los cálculos inhumanos, las irresponsables omisiones y las incompetencias.

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