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Como siempre intenté adelantar cuarenta y ocho horas mi artículo dominical, pero esta noche, cuando me disponía a escribirlo, todo se fue al garete, porque me quedé como en blanco (en el blanco más absoluto)… ¡y mira que había pensado en temas para este domingo!

En estos momentos que escribo, son casi las cinco de la madrugada del sábado, día 14 de noviembre… ¡terrible madrugada!

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Cuentan los Evangelios que Jesús de Nazaret, entró un día en el Templo de Jerusalén y, viendo el desastre de tanta avaricia, hizo un látigo con cuerdas y, a la vez que gritaba, “¡Habéis convertido mi Casa en cueva de ladrones!”, corrió a zurriagazos a todos aquellos mendas que –previa comisión pactada con los sacerdotes- aprovechaban el Culto, para vender con usura las ofrendas que los fieles debían hacerle a Dios.

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Somos unos catetos; o, al menos, suceden cosas que me están haciendo dudar seriamente sobre la tópica sabiduría del Pueblo Andaluz.

Personalmente, me parece patético que, siguiendo una moda esnob, hayamos cambiado las esperanzas de nuestro “Día de todos los Santos” por las pesadillas, la sangre y la visión de los monstruos de “Haloween”. Me parece un desatino desterrar de nuestra memoria –en favor de la cultura anglosajona de Holywood- el ejemplo sublime de la Redención in extremis del Don Juan de todos nuestros noviembres, para sustituirlo por las infinitas secuelas de esa película de la serie B que, en 1978, dirigiera John Carpenter y que inició en nuestro país la histeria de las carnicerías esquizofrénicas. Sin embargo reconozco que, para la juventud, es mucho más fácil decantarse por cualquier excusa para irse de marcha, que tragarse los rollos de las celebraciones místicas; por eso, al final, me he resignado al hecho de que, lo que siempre fue una fiesta de la Esperanza en el calendario cristiano, acabara convirtiéndose en la juerga céltica del susto, el mal gusto y el cubata (máxime, cuando padres desinformados y profesores progres, pusieron tanto empeño en la tarea)

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Mis padres quisieron que yo aprendiera el Humanismo y, como vi que era bueno, yo quise que mis hijos también lo conocieran; por eso, los envié a estudiar donde podían enseñarles sus principios.

Allí les hablaron de un Hombre que nació pobre, vivió pobre y murió pobre… pero que no necesitó riquezas.

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