“Tipografía”
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Mis padres quisieron que yo aprendiera el Humanismo y, como vi que era bueno, yo quise que mis hijos también lo conocieran; por eso, los envié a estudiar donde podían enseñarles sus principios.

Allí les hablaron de un Hombre que nació pobre, vivió pobre y murió pobre… pero que no necesitó riquezas.

Les hablaron de un Hombre que luchó por los desamparados; que, aunque exigía no robar y no matar, se saltó cualquier ley establecida que pudiera evitarle acercarse a los marginados o ayudar al que pudiera necesitarlo. Un Hombre que trataba a los mansos con dignidad, que secaba las lágrimas de los que lloraban, que curaba a los enfermos, que hacía justicia con los misericordiosos, que llenaba de esperanza a los justos, que ensalzaba a los pacíficos y que -independientemente de sus orígenes o sus posesiones- enseñaba la tolerancia entre todos los hombres.

Les hablaron de un Hombre que se mezclaba entre la gente, entre los más pobres y excluidos, que no menospreciaba a nadie, que acompañaba a los que estaban solos, visitaba a los presos y los trataba con afecto. Un Hombre que caminaba –como si fueran sus hermanos- junto a los que nadie caminaba, que consolaba a los maltratados con la ternura del mayor respeto; y afirmaba que el mejor valor que poseemos los seres humanos, es nuestra capacidad para darnos y tratar a los demás con la dignidad que pretendemos para nosotros.

Les hablaron a mis hijos, de un Hombre que inició una verdadera Revolución; que fue capaz de criticar a los poderosos, enfrentarse a los tiranos, denunciar a los corruptos, vapulear a los avaros usureros. Un valiente que llamó hipócritas a los sacerdotes que se daban golpes de pecho, por no mostrar con su ejemplo el respeto que predicaban y practicar sólo el mérito de la apariencia.

Les hablaron de un Hombre que, por iniciar esta Revolución del corazón y del Pensamiento, fue acusado falsamente, injuriado, perseguido, encarcelado, insultado, golpeado y asesinado salvajemente. Un Hombre que sentía tanto el Amor (que lo practicaba tanto) que sus últimas palabras fueron para perdonar a los que clavaban sus manos y sus pies en una Cruz.

Les hablaron de un Hombre que merecía ser Dios.

Mis padres quisieron que yo lo conociera y, como vi que era bueno, yo quise que mis hijos lo conocieran también y que supieran de su Palabra, de su Vida y de su Ejemplo, para que hallaran en ellos los principios éticos para sus vidas. Por eso, ahora, no puedo explicarme por qué los que se dicen justos y nos prometen trabajar por un mundo mejor para todos, se empeñan tanto en desterrar el ejemplo de un Hombre así de la conciencia de nuestros hijos

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