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Francisco Fernández-Pro: Letras breves... Recién aterrizadoEl tiempo me enseñó –y así lo escribí, parafraseando una antigua sentencia de no sé quién- que, viajando, se cura un montón de males que nos aquejan: la izquierda, la derecha, el chauvinismo, la intolerancia, la demagogia, la presunción,…

Pues bien, hoy que acabo de aterrizar tras un viaje por la Umbría italiana y me veo casi obligado a improvisar el artículo para Ecijaweb que le tengo prometido a mi amigo Víctor, no se me ocurre mejor reflexión, que la que se deriva de mis vivencias de toda esta semana en la que anduve deambulando entre Roma, Terni, Asis, Motefalco y Spoleto. Sobre todo, las que experimenté en Asís (la ciudad del Encuentro y de la Paz); allí se me olvidaron por completo las Elecciones Catalanes y todo el circo mediático que, durante los últimos tiempos, han estado arrastrando los unos y los otros: las réplicas y contrarréplicas, las amenazas, las manipulaciones de datos, las interpretaciones sesgadas, las visiones deformadas, la falta de firmeza de unos, los excesos de otros, la falta de respeto de todos a todos los demás.

Allí, en Asís –la cuarta ciudad con mayor número de peregrinos del Mundo-, lejos de todo esto, viendo la amabilidad de tanta gente de tantos sitios, las relaciones de los unos con los otros y la forma de compartir un mismo Espíritu de tolerancia y de Unidad, confieso que me he visto abducido por mi propio sueño de siempre: el Hombre por el Hombre y con el Hombre, con la Naturaleza, con el Entorno; el Hombre reconociéndose y aceptándose, proyectando y fundiendo su propia dignidad con la de los demás, independientemente de cualquier otro condicionamiento que no sea el de su propia naturaleza como Ser Humano.

Allí, he tenido la sorprendente oportunidad de conocer y hablar largamente de esa necesaria dignidad individual, con el matrimonio fundador de la ONG “SOS TIBET, INDIA Y NEPAL”. Me abrieron su casa y yo les ofrecí mi amistad. Ella, Eugenia Cucco, una italiana dicharachera, magnífica comunicadora, de una sensibilidad exquisita; él, su marido, el Doctor Tibetano Gendun que -aún siendo un personaje reconocido internacionalmente, cercano al Dali Lama y verdadero benefactor para los pueblos del Tibet, de Nepal y del norte de la India-, nos servía con extrema solicitud un sabroso te inacabable, manteniendo siempre la taza llena y caliente, a la vez que derramaba con cada mirada, con cada gesto, con cada sonrisa, una inmensa humanidad, una bondad aparentemente ilimitada. Ellos me llenaron de paz.

Decididamente, viajando aprendemos de otros hombres y, además, podemos curarnos de casi todo. Yo aprendí tanto esta semana pasada, que regresé absolutamente reconfortado en la seguridad de que hay hombres y mujeres capaces de vivir por y para la dignidad de todos los demás, independientemente de la tierra que pisa o que quiere poseer; y, quizá, por eso, hasta que no inicié este artículo, ni por un momento recordé las tramoyas de este circo.