“Tipografía”

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Confieso que cada día estoy más asustado, pero no por el coronavirus dichoso -que a ese acabaremos venciéndolo o controlándolo-, mi miedo es a esa otra epidemia que los españoles estamos sufriendo desde hace unos años y que nos mantiene continuamente irritados, convirtiéndonos en seres irracionales dispuestos, siempre, a dar un paso más hacia el precipicio. Esta epidemia, de carácter endémico y periódico, es la del “sectarismo” puro y duro que padecemos en España secularmente y para el que nunca hubo mascarillas ni guantes ni dexametasona.

Los síntomas cada vez son más claros: Una ignorante del PSOE llama “concejala fascista” a uno del PP, por dirigirse a ella como “Señora Presidente” (que -según la R.A.E.- es la acepción más correcta del término); por el otro lado, un energúmeno impresentable del PP expone su deseo de darle una paliza a Pablo Iglesia y dejarlo como un vegetal. Peor: unos imbéciles iletrados derriban estatuas conmemorativas sin tener ni pajolera idea de por qué se levantaron. La guinda: un carajote descerebrado alardea, públicamente, disparando contra imágenes de miembros del gobierno; y, así, hasta el infinito… ¡Hay que ser gilipollas!

Inexorablemente veo avanzar esta otra epidemia, ya no sólo en las imágenes de los telediarios sino en mi propio ordenador. Gente buena, personas prudentes a las que siempre consideré y tuve por sensatas, se revuelven en los feisbú y en los guasá, como si fueran posesos. Sus posturas -antaño, bien definidas y basadas en ideologías que podían dialogar entre sí-, han dado paso a la radicalización extrema de lo bueno contra lo malo, lo blanco contra lo negro, lo deseado contra lo aborrecido;… y este mal, aunque tiene fácil diagnóstico, por desgracia tiene un pronóstico bastante jodido porque su tratamiento se basa en la Información veraz, el Diálogo permanente y la Tolerancia: tres remedios -éstos- casi inexistentes en nuestro país cuando nos da por ponernos cabezones y embestir sin ton ni son.

Tanto los unos como los otros, por la derecha o por la izquierda, actúan por los rencores que los alimentan, la rabia incontenida, las consignas aprendidas o la mala leche que mamaron. Ellos son, para mí, mucho más peligrosos para el futuro bienestar de los españoles, que el dichoso coronavirus, porque teniendo clara la cura de este mal -libros, diálogo y respeto-, los causantes prefieren seguir insultándose por las redes, a “grito pelao” por las calles o pegándole tiros a “tó lo que se menea”.

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