“Tipografía”

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Confieso que llevo algún tiempo algo despistado o, más bien, confundido. Ando con la mosca en la oreja viendo todo lo que pasa y procuro analizar con cierta perspectiva el comportamiento de Pedro Sánchez. Perspectiva que me exige una objetividad, que acabo perdiendo ante alguna obviedad que me revienta y, entonces, me lanzo con alguna pincelada breve impregnada de ironía o sarcasmo, cuando la neurona me da para cotas mayores.

Esta actitud expectante ha provocado en mí cierta prudencia y me ha retrotraído a la hora de escribir esos artículos que algunos de mis amigos y conocidos han echado en falta.

Creo que Pedro Sánchez es un mentiroso empedernido (quizá por eso me saca de mis casillas) pero, a veces, su actitud me hace ser prudente a la hora de pronunciarme. La verdad es que lo he observado mintiendo tanto y tan descaradamente para acabar echando el conejo al zurrón, que se me ha ocurrido pensar que sus mentiras compulsivas también pueden ser una mentira para poder conseguir lo que se propone. De no ser así, ¿cómo habría podido conseguir investirse Presidente de una Democracia Constitucional con el apoyo de los antisistemas y anticonstitucionalistas que pululan por los pueblos de España?

Todos sabemos que, aunque ERC, BILDU, la CUP y algunos más, sean reconocidos por nuestra Constitución, la realidad es que no creen en nuestra Democracia; uno de cuyos principios nos advierte que cualquier Estado de Derecho debe basarse en la separación de poderes. La cosa es fácil y viene de lejos pero, por lo que se ve, esta gente no lee.

Fue Montesquieu quien expuso que un hombre, cuando tiene algún poder, intenta abusar de él hasta que lo frenan; y, por eso, hace falta disponerlo todo de forma que el propio poder detenga al poder. Para ello, en su obra “El Espíritu de las Leyes”, propone la separación de los tres poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial), a fin de que fueran ejercidos por órganos distintos, autónomos e independientes entre sí, confiando la vigilancia de los unos a los otros, procurando controlarse mutuamente y -si fuera necesario- deteniendo los excesos o el intento de prevalencia de cualquiera de ellos sobre los demás.  Realmente esta es la única fórmula para garantizar la libertad política y evitar los abusos de poder y, como dijimos, la propuso Monstesquieu en el año1748.

De todo lo dicho, deduzco que lo que le pasa a los antisistemas que apoyaron a Pedro Sánchez y ahora le exigen que -como Poder Ejecutivo- influya en las decisiones del Poder Judicial, es que no creen en la Democracia o no han leído a Monstesquieu.

Aquí radican mis reservas. Pedro Sánchez sí conoce todo esto y, probablemente, ha ofrecido lo que sabía que no podía conceder. Es decir, ha conseguido la Presidencia haciéndole un brindis al Sol con nocturnidad y alevosía (culmen y birlibirloque de la mentira).

Ya podrán los comunistas, los independentistas, la CUP o cualquier antisistema, exigirle a Pedro Sánchez que pague sus promesas con el oro y el moro: él sabe –y ellos no, por ignorantes o antidemócratas- que, habiendo Constitución y Poder Judicial, existe un sistema de equilibrio que lo vigila y lo frena.

Pedro puede prometer la luna que, habiendo tribunales y jueces, Sánchez podrá decir siempre “es que estos no me dejan” o, como decía Rafael “El Guerra” -segundo Califa del toreo-, es que “lo que no “pué zé, no pué zé y, además, es imposible”.

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