“Tipografía”

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Es difícil escribir un artículo el día que se casa una hija sin referirse a lo que se siente; más aún, cuando ya es la segunda que lo hace y, como padre, ya conocí eso que se llama “el síndrome del Nido vacío”.

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Hace cuatro años escribí un artículo que titulé “Letras de un padre”. Se las dediqué a Cristina -a la que llamo Pichirichi-, porque estaba pasando el curso en la Umbría italiana y era el primer cumpleaños que no podíamos celebrar juntos. Entonces, lo confesé: los hijos nos cambian, nos renacen, nos hacen mejores; hasta que ellos no llegan, no somos capaces de adivinar cuántas cosas podemos hacer por Amor, hasta dónde podemos elongar nuestra conciencia preajustada, que siempre creímos tan recta y tan cierta. En aquella ocasión, no pude escribir sobre otra cosa y hoy, que mi Pichirichi se casa, me pasa exactamente lo mismo. 

Desde pequeños habitué a mis hijos a celebrar el aniversario de nuestra boda como el cumpleaños de la Familia porque, para mí, el matrimonio siempre fue algo esencial: nada más y nada menos que la decisión de dos seres de construir algo nuevo, de iniciar una vida en común poniendo los cimientos de un proyecto de plenitud que, a la vez que pudiera potenciar la existencia de ambos, los ayudara a multiplicar las proyecciones que somos capaces de generar como seres humanos y, al mismo tiempo que todo esto, mantener ambos -intactas- la esencia de las profundas raíces compartidas.

Pero ese proyecto que se inicia también implica un vacío: el que queda en casa. El que sentimos los padres cuando visitamos las habitaciones de los hijos que inician sus proyectos. Es increíble ese vacío que sentimos durante la primera noche de partida; la ausencia inmensa, en el reducido espacio de la habitación, de una vida tan amada.

Sin embargo Pichirichi ya es la segunda que se casa y nos hemos cerciorado de una realidad que presentíamos y que no pudimos comprobar hasta el día después de la primera partida: lo que mejor justifica este proyecto de Futuro que inician dos almas enamoradas, es el fuerte arraigo que sienten con el Pasado vivido con nosotros; y lo más hermoso de todo esto es que, en los momentos más difíciles, cuando nada parezca tener sentido y todos los asideros se les nieguen, tendrán un Hogar como último refugio, esa Familia (la nuestra y la que ellos hoy comienzan a construir) que siempre se convierte en el seguro más fiable para los desamparos de cualquier Hombre.

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