“Tipografía”

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Durante estos días pasados por la Sierra egabrense, con el fin de recargar pilas y desliarme un poco de tanta tralla, he conseguido evadirme un poco de algunos asuntos, pero otros me han perseguido y, no sólo eso, me han tomado por asalto y me han hecho cavilar de una forma inesperada.

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Desde que mi admirado Amigo y Hermano Antonio Bocanegra me advirtiera, en su prólogo a mis “Crónicas Humanistas”, que más que como progresista, debía definirme como  un hombre de progreso, confieso que no dejé de darle vueltas a la “olla” y que esta anduvo más de una vez a punto de reventar, sobre todo analizando lo que, en los últimos tiempos y en nombre del “progresismo”, han ido postulando algunos descocados de nuevo cuño, que sólo demuestran una ignorancia supina, muy poca preparación, mucho populismo y, en la praxis, una inexperiencia de neófito de teta que tira de espalda.

Así que tiré de antiguas lecturas y me adentré en nuevas opciones. Estos días me dediqué a leer la historia y profundizar en los teóricos del progresismo y del liberalismo; y lo hice como un ejercicio de asepsia: para intentar desprenderme de prejuicios preconcebidos e ideas injertadas y darle pábilo a la razón, por si hallaba una cierta explicación a estas inquietudes; y, como nunca es tarde para aprender o para rectificar, debo confesar que acepto la deriva –aparentemente leve, pero muy significativa-, que he hallado en la evolución vivida en los últimos años, debido, quizá, a mi distanciamiento con las estructuras políticas y sus intereses pero, sobre todo, a la aparición de grupos radicales -que vengo denunciando desde hace tiempo por su alta visceralidad- y que andan polarizándolo todo y, con ello, alterando –consciente o inconscientemente- la conducta ciudadana.

En realidad, el Progresismo no es una ideología definida sino una tendencia política que, hasta ahora, vino defendiendo ideas orientadas al desarrollo de un estado del bienestar, la defensa de los derechos y cierta redistribución de la riqueza. El problema ha surgido cuando esa excesiva visceralidad de esos “progresistas”, les ha hecho olvidar que, para un verdadero estado de bienestar, para una defensa efectiva de los derechos de los hombres, es absolutamente necesaria la de libertad individual de cada Hombre. De esta forma, cuando alguien que se denomina “progresista” ofende a quien piensa distinto de él, por el sólo hecho de pensar distinto, deja de ser progresista, porque atenta contra el derecho a la libertad.

Sin embargo, hoy se exige ser progresista o todo lo contrario. No hay nada más. Se anula, así, no sólo el término medio sino, también, al antagonista y, con ello, la posibilidad de disentir. Como consecuencia, evitamos la riqueza de las referencias, el bien de lo opuesto, los recursos de los distintos puntos de vista, la necesaria discusión de cualquier asunto.

En los montes egabrenses, me he dado cuenta de que, antes o después –pero inevitablemente-, un Progresismo Uniforme, acabará convirtiéndose en un ejército uniformado… y eso, yo no lo quiero.

 

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