“Tipografía”
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Al hilo de esa “memoria cainita”, a la que nos referíamos en el artículo anterior, durante esta semana pasada he tenido conocimiento de dos noticias, que me han puesto los vellos de punta y, de paso, nos viene que ni pintadas para ilustrar el último párrafo de aquel artículo que, como conclusión, venía a decir: “… (… para considerarla “memoria”, deberíamos partir de la objetividad que nos concede el paso del tiempo y las informaciones veraces que nos proporcionan las investigaciones rigurosas de los asuntos)

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Es de justicia. Todo lo demás, no es Memoria Histórica, sino la mala leche del cainismo sostenido por los resabios, los complejos y la ignorancia.”

Pues bien, una de las noticias que me llegó esta semana fue la revisión que el Ministerio de Educación ha tenido que hacer sobre los textos de los libros con los que los estudiantes catalanes aprenden “su” Historia.

La otra, es una noticia que afecta a la Junta de Andalucía y que se produjo hace poco. Su titular reza así: “Rosa Aguilar (Consejera de Educación) impulsa la ley de memoria histórica como su medida estrella: El Gobierno de Susana Díaz se compromete a impulsar esta norma sin introducir cambios al proyecto aprobado por IU, que decayó tras la ruptura del pacto político”… y, lo peor, es que esta noticia venía acompañada por la siguiente aclaración: “Se presentan más de cien enmiendas al proyecto de la Memoria Histórica. PP y Ciudadanos condicionan sus entradas en las aulas”

Hasta la fecha, lo único que ha tenido de bueno la mal llamada “Memoria Histórica”, ha sido la recuperación de restos: un derecho, no sólo legítimo, sino sagrado, que tienen los familiares de las víctimas de ambos bandos y, sobre todo, la del republicano (que son gran mayoría en número de desaparecidos). Todo lo demás fueron sinsentidos de este inevitable cainismo endémico.

¿Quién redactó o redactará nuestra Memoria Histórica?, ¿la dictará la ideología o la objetividad?, ¿qué dirá de las elecciones de abril del 31 y la II República?, ¿cómo se analizarán los prolegómenos de la barbarie?, ¿cómo se determinarán los móviles del enfrentamiento?, ¿qué dirá de las grandes batallas?, ¿qué no dirá de los odios pueblerinos?, ¿quiénes serán los héroes y los villanos?, ¿quién se aupará con el monopolio de la Razón?

Si unos tienen a Muñoz Seca (el genial creador de la astracanada), los otros tienen a Federico (¡mi Federico!... La Poesía en carne y huesos). Si unos el Barranco de Víznar; los otros, Paracuellos del Jarama. Si unos claman por los 126 muertos de Guernica; los otros, por los 109 de Cabra; si éstos por los más de 4.000 de la “Desbandá” en la carretera de Almería, los otros por los más de 4.000 de Belchite.

         Todos los testigos de la atrocidad, a los que escuché o que leí, coinciden en lo mismo: “Ojalá nunca se vuelva a repetir”. Quizá, por eso, llegó el perdón. Es lo único que me vale. Deberíamos cuidarnos los que no vivimos aquel horror y no hacer ahora de jueces de sus despojos, ni avivar su fuego en los que nunca ardió.

Cuando pensemos en esa parte de nuestra Historia y queramos hacer memoria, tengamos siempre presente que los que la vivieron, tuvieron que ponerla en cuarenten, para poder perdonarse y seguir viviendo como una sola España.

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