Somos justos, pero somos tontos; y no es que estemos los tontos justos, que de gilones tenemos a manojitos.

Muchas veces me han fastidiado las decisiones del Tribunal Constitucional, pero sus fallos se basaban en la Constitución y salvaguardaban nuestra convivencia; y, por eso, las he aceptado de buen grado.

Comienza agosto y, con él, las vacaciones oficiales de los señores congresistas -que las oficiosas se extienden algunos meses más-, sólo que este año tan atípico no podía pasar como otros y había que rizar el rizo para llegar, hasta el final, haciendo el memo. Por eso, los dos últimos episodios nacionales, han sido de antología.

Supongo que habrá quien se extrañe por el título de este artículo, pero he de confesar que, llegando estas fechas y con todo lo que nos está ocurriendo, no quería dejar pasar la ocasión para reflexionar -una vez más- sobre un asunto que siempre me preocupa: el de la división, aparentemente inevitable, que sufrimos los españoles. Por tanto, con este artículo sólo intento una reflexión sobre un hecho que creo de vital importancia en nuestra relación y concepción como Pueblo. Más, como han sido varios los textos que escribí al respecto y sigo pensando lo mismo, sólo podía escribir lo que ya escribí antes y, por tanto, sólo cabía limitarme a realizar una actualización de anteriores artículos. Es decir: un gazpacho.

Después de la decisión del gobierno Sánchez-Iglesias de subvencionar con ayudas exclusivamente a la Educación Pública ignorando a la Concertada, hay quien ha puesto el grito en el cielo como si fuese algo escandaloso. Sin embargo y, aunque en efecto podamos considerarlo un escándalo -teniendo en cuenta que la Educación Concertada supone casi un 30% en España, con dos millones de alumnos afectados y que el dinero que se niega es el de todos los contribuyentes-, no comprendo la sorpresa, cuando esta maniobra se veía venir más pronto que tarde.

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