Confieso que llevo algún tiempo algo despistado o, más bien, confundido. Ando con la mosca en la oreja viendo todo lo que pasa y procuro analizar con cierta perspectiva el comportamiento de Pedro Sánchez. Perspectiva que me exige una objetividad, que acabo perdiendo ante alguna obviedad que me revienta y, entonces, me lanzo con alguna pincelada breve impregnada de ironía o sarcasmo, cuando la neurona me da para cotas mayores.

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Reconozco que muchas veces me parece una putada esto de prever lo que puede pasar. Sobre todo, cuando ocurre algo que debería dolernos. Entonces, renuncio a ese: “¡Mira que te lo dije!… ¡Si ya te lo decía yo!... ¿Cuántas veces te lo advertí?”, porque, en el fondo, considero indecente ese recochineo, que no deja de ser un alarde: un íntimo gesto de mala leche contra alguien que yerra y que, de alguna forma, nos importa.

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