Viendo las imágenes del asalto al edificio del Congreso de Estados Unidos por parte de decenas de enfervorizados e incontrolables partidarios de Trump, el individuo capaz de poner en solfa y triturar -a base de incontinente soberbia- un Sistema Democrático que, con sus tachones, ha servido como espejo para muchos otros de Occidente, he recordado de sopetón un artículo que escribí hace un par de años y en el que analizaba el fenómeno indeseable de la Oclocracia.

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Melchor, Gaspar, Baltasar,
que llegáis de lo Divino,
humildemente os informo,
en estas letras que escribo,
que el año pasado dije
-en unos versos escritos-
que el Hombre mide su senda
guiándose por los ritos,
marcando hasta dónde llega,
amojonando su Sino
con los hechos de la Vida
que se convierten en hitos
y, por eso, tiene fechas
que le marcan el Camino.

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Ayer copié y colgué en mi muro de “Facebook”, una de esas curiosidades que encuentro en Internet de vez en cuando y que, por su interés, su ingenio o su simpatía, me parecen idóneas para compartirlas con los demás. Lógicamente, añadiéndole cualquier comentario explicativo y la fuente de la que provienen. Se trataba de la imagen de un niño sentado en las piernas de un Santa Claus, al que el infante le preguntaba inocentemente, “Y tú en qué parte de la Biblia sales”; a lo que el santo bonachón venía a responderle: “En ninguna, a mí me patrocina Coca-Cola”.

Mi clara intención era la de reivindicar -por enésima vez- nuestros Reyes Magos para estas fechas, obviando la horrible influencia anglosajona a la que, por desgracia, es tan aficionado el fenómeno friqui de esta Edad del Ciberespacio por la que me temo que ya boquea la que dimos en llamar Contemporánea.

Sin embargo, como me temía, surgió una voz para aclarar que la burra y el buey tampoco salían en la Biblia. Era tan obvio que, lógicamente, tuve que dejar mascaita la intencionalidad que me movió a colgar el mensaje: reivindicar los belenes frente a los papánoeles como una tradición, un patrimonio cultural mediterráneo que no debíamos dejar al pairo. Al final, he creído oportuno -para profundizar un poco más en este asunto- escribir estas letras apoyadas, fundamentalmente, en las que el prestigioso escritor bonaerense Omar López Mato escribió en el diario argentino “La Nación”, con el título “La Literatura que forjó la tradición de la Navidad”.

 

La cuestión que debemos plantear como premisa, es que la Navidad es una cosa y la Tradición navideña es otra bien distinta. Si la primera es la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, la esencia de su Venida; la segunda es una construcción social, literaria y mediática, forjada a través de los siglos y sus costumbres, desde el primer texto que, en 1292, escribiera Jacobus de Voragine, conocida como “La lectura de santos” y que, con la idea de hacerlo más cercano al pueblo llano, se aleja en sus elementos secundarios del verdadero relato evangélico, incluyendo imágenes como el burro y el buey que, sesenta y nueve años antes -en las navidades de 1223-, Francisco de Asís había colocado en el primer nacimiento de la Historia.

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