Confieso que, durante las últimas semanas, temí haber caído en la falta que más odio: la incoherencia. Durante todo ese tiempo no dejé de reflexionar sobre mi propia ideología; porque pensaba que, siendo nacionalista andaluz, era imposible me sentara como tres patadas en la barriga todo este circo que ha montado la Generalidad de Cataluña. Supuse que yo debería entender –mejor que otros- el deseo independentista que manifestaban. Sin embargo, no era así.

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Nuestros políticos ya deberían haber aprendido a callarse. Hoy por hoy, los ciudadanos sabemos que en todos los partidos y los sindicatos cuecen habas. Pero yo -que estoy absolutamente convencido- de que son minoría los corruptos, me asombro de la estupidez de la que a veces hacen gala los partidos políticos.

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Desde siempre tuve por costumbre tener un par de libros en la mesilla de noche que, con el tiempo, iban siendo sustituidos por otros. Algunos llegaban y se iban rápidamente, pero otros se quedaban sine die, e incluso para siempre. Libros muy distintos, en verso o en prosa: novelas, teatro, monografías; y que, sin darme cuenta, fueron modelando el Espíritu que ahora soy. De hecho, pienso -cuando pienso- que nuestro Espíritu es el resultado de lo que vivimos y lo que leemos.

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