Confieso que hace tres semanas, cuando publiqué la primera parte de este artículo, ya tenía casi escrito las dos siguientes, peso de tener que esperar casi un mes para no publicar de golpe un artículo tan extenso, me ha generado un problema que, para ser sincero, ya me lo veía venir desde lejos: la dinámica de los acontecimientos era tan rápida que, llegada la tercera parte, como que queda obsoleta y me siento en la necesidad de reestructurarla casi por completo.

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Porque he tomado distancia para poder escribir después de conocer los datos, ahora -que el tiempo ha pasado y los datos son incuestionables- puedo manifestarme con mayor rigor aunque, lógicamente, dejando un margen al posible error del que conoce el daño de los dogmas. Sin embargo, creo que, antes que nada, deberíamos tener presente dos premisas fundamentales: la primera es que nadie quiere una pandemia en su casa y, por tanto -y esta sería la segunda premisa- todos los gobernantes, por lógica, están dispuestos a combatirla con los medios a su alcance… y, de esta última afirmación, surge -en España y para los españoles- el primer conflicto con la Lógica. 

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Confieso que regreso a mis artículos con la culpa del prófugo y la complicidad de los amigos. Esta situación extrema de la pandemia, que estamos viviendo y que nos ha desbordado por lo grave y extraordinario, me acobardó ante las letras. No por falta de ideas sino porque escribo lo que pienso y, en esta ocasión, me pudo la prudencia pues me asaltaban demasiados pensamientos y todos eran, tan de alto riesgo, que me aconsejaban la espera. Además, muchas veces, los datos a los que podía acceder me exigían prudencia, pues las redes sociales estaban, cada vez, más alteradas y polarizadas, impregnadas -en ambos extremos- por el maniqueísmo más burdo del oportunismo, el partidismo y la ignorancia.

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