“Tipografía”

Durante años hemos presenciado la farsa, la pantomima, el triste espectáculo de lo que ha dado en llamarse “El juicio de los ERE”; y, personalmente, lo he seguido con atención, aunque sabía que sólo era eso: un triste espectáculo. Estuve demasiado tiempo en la Política para no saberlo.

En antiguos artículos confesé mi preocupación por este caso, pues -claramente- presentía el daño que podía infringirle a nuestra Democracia. La cuestión era simple: para hacer Política hacen falta medios y el PSOE necesitaba un lugar donde los votos ciudadanos pudieran mantener en el Poder una maquinaria que generara los recursos suficientes. Todos los partidos, para conseguir los suyos, tienen sus propios métodos -que se presumen lícitos- pero, en este caso, el tufo que desprendían los ERE parecía, desde el principio, una chapuza de dominguero.

El montaje de una estructura que se ha usado, durante décadas, para conseguir los recursos -tanto humanos como económicos- que necesitaba el PSOE Andaluz para mantenerse en el Poder, no es cosa de poca monta ni asunto baladí. Sin embargo, los perdió la soberbia: la seguridad de una impunidad absoluta tras tantos años de regencia que, al final, hizo que se relajaran hasta el punto de ser delatados por sus actos escandalosos; porque, a fin de cuentas, todo lo redujeron -a falta del control democrático de una oposición efectiva- a burdos tejemanejes que, desde los despachos y las leyes o normativas a conveniencia, se urdían contra la propia Justicia para saltársela a la piola. Aquí, en Andalucía, presenciamos hasta el hartazgo, la realidad que diagnosticó, en su día, el insigne Lord Acton: “el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Además, la injusticia se incrementa si consideramos a los protagonistas de los delitos. Ser un personaje público, gozar del reconocimiento general, ocupar un despacho y desplazarse en coche oficial, exige la ejemplaridad, un compromiso ético con la ciudadanía. A un cargo público -y mientras más alto, más- el sueldo también le paga las renuncias y sacrificios que exige el prestigio al que está obligado, sustentado en la lealtad, la honradez, la ética y la capacitación. Por eso, no hay peor maldad que la de un Sinvergüenza ilustre, pues su falta no sólo le afecta a él, sino a todos los que, en él, depositaron sus esperanzas y su confianza..

Más, con todo, creo que lo peor de este “Caso de los ERE” no es que se haya descubierto la creación de una red clientelar para el PSOE y sus allegados, ni siquiera que se haya podido demostrar el robo de 680 millones de euros de los fondos públicos para los trabajadores andaluces; lo verdaderamente grave de todo esto, es comprobar el delito cometido por un partido político histórico -y tan necesario en España- que, alguna vez, hasta llegó a representar la confianza de más de diez millones de españoles.

Hora es de recomenzar, recuperar esa confianza de los ciudadanos, triturar la basura en el vertedero y dejar de manipular a la Justicia.  

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