“Tipografía”

Harto estoy de leer patochadas y de visionar montajes groseros y absurdos, ideados con el único objetivo del agravio porque sí, el enfrentamiento, la manipulación, la respuesta del odio mutuo e innecesario y, aunque puedo jurar que no lo deseaba, no tengo más remedio que escribir estas letras.

Fue Antonio Gala quien, en la década de los setenta del pasado siglo (¡ya va para cincuenta años!) me introdujo, con su serie de artículos “Charlas con Troylo” -publicados en el “Interviú” de aquella etapa universitaria-, en las incuestionables certezas y los apasionantes dilemas del Amor y de la sexualidad. Gracias a él -y después tuve la suerte de poder agradecérselo personalmente-, aprendí a llenar la mochila con un montón de argumentos válidos que, desde entonces, me indujeron al respeto a la dignidad de cada ser humano y su libertad de elección. Posteriormente, fue el estudio de la Biología, la Psicofisiología sexual y la Psicología conductista, las que me confirmaron en mis criterios y afianzaron mi posicionamiento.

Con los años he tenido amigos -magníficas personas- de todo tipo de tendencia sexual. Gente de las que, sin tener que hacer alardes ni esforzarme lo más mínimo, aprendí muchísimo sobre el ser humano y su dignidad. Llegado a la Política, me posicioné activamente en la defensa de los derechos de cualquier ser humano, independientemente de su etnia, su fe o sus tendencias sexuales.

Pues bien, después de tantos años, parece como si no hubiera servido para nada toda esa lucha por llegar a que todos nos consideremos dignos, adultos y convivientes. Ideologías extremistas han invadido el espacio cibernético, los pueblos, los estados y pretenden -sí o sí- arrasar también con el criterio individual de cada ciudadano, a fin de crear “clases”, de generar divisiones innecesarias, de sacar a la palestra o inventarse cualquier condición “distinta” que pueda generar controversia, agravio, exclusión, discusión y odio. Pero, ¿a qué locura, a qué energúmeno, a quién le renta el odio innecesario?

El Orgullo es una cualidad derivada de un acto realizado. Por el contrario, lo que nos es propio por naturaleza y nos define, es una condición ajena a nuestra voluntad, sin la cual no seríamos quienes somos. Renunciar a esa naturaleza, sería renunciar a nuestro propio “Yo” (a nuestra Identidad, a nuestra Individualidad, a nuestra Libertad, a nuestra Dignidad como seres humanos), Esta realidad conlleva implícita, que nadie puede ser juzgado, prejuzgado y, mucho menos, rechazado por su particular naturaleza: a fin de cuentas, por eso todos somos distintos. Este es el mejor argumento para el reconocimiento y la aceptación del “otro”: nuestra Naturaleza única. De aquí lo triste, lo absurdo de toda esta parafernalia innecesaria, expuesta hasta el histrionismo.

Si queremos educar a nuestra Sociedad y partimos de la necesidad de excluir cualquier tipo de fobia, deberíamos hacerlo con mayor sensatez: evitando la respuesta ciega de los viscerales, el enfrentamiento innecesario de los que alardean. A fin de cuentas, lo más hermoso del Amor -cuando es Amor- es que nos une, que no necesita explicaciones, que se entrega y se recibe gratuitamente; y que, si en un instante, puede colmarnos de felicidad regalada, nunca derivará en el orgullo mal entendido de una gesta.

Para el Amor -cuando es Amor de verdad- el egoísmo y el orgullo se convierten, antes o después, en el sinsentido de una paradoja.

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