“Tipografía”

Hace una década escribí un artículo refiriéndome a la Hispanidad. Fue a raíz de una conversación que tuve con el magnífico poeta y periodista Sergio Gustavo Rabadá. Hablamos sobre la Identidad hispana y la estupidez de las exclusiones culturales porque, a pesar de que mi amigo es argentino -tan americano como un mapuche-, y yo me consideré durante muchos años, un nacionalista andaluz convencido -desde la ilusión mínima de algunas pizcas de antiguos tartésicos, hasta los refinados omeyas en la sangre-, los dos coincidíamos en la visión clara de una Cultura común integradora, en la que todos los pueblos trabajen por conservar sus riquezas particulares, aprendiendo -a la vez- de los errores de la Historia para no volver a repetirlos. A fin de cuentas, resulta absurdo -por un rencor estúpido de siglos diferidos- vivir en la discordia y, mucho más, hacerlo en y para la exclusión, cuando este Mundo nuestro -cada vez más globalizado-, está más necesitado de esa globalización.

Hay que tener clara una cosa: la Historia no tiene marcha atrás. Lo que ocurrió hace siglos marcó la vida de nuestros Pueblos y de todos nosotros, pero cuando nos definió, nos regaló mucho para compartir y el idioma español, por ejemplo, es uno de nuestros mayores regalos pero, sobre todo, el respeto con el que se estudiaron y difundieron las lenguas nativas.

El pasado español en América nos legó a todos un montón de cosas buenas: desde escritores defensores de la cultura prehispánica a través del castellano, como José María Arguedas -gracias al cual rescatamos las letras de las hayllis y harauis quechuas-, a las canciones yaravíes de Mariano Melgar; desde gente tan dispar –y admirables- como Miguel Ángel Asturias y García Márquez a Borges, Pablo Neruda, Mario Moreno, Facundo Cabral, Atahualpa Yupanqui. Cafrune, Carlos Gardel, Celia Cruz,…

Posteriormente, a lo largo de estos años, llegado el mes de octubre, siempre me apetecía regresar sobre este asunto de la Hispanidad, que tantas ampollas levanta en la gente de piel fina y sesera contraída. Siempre me amparo en que la Historia es la Historia y los datos siempre acaban saliendo a la luz. Datos como los porcentajes de población nativa o mestiza en toda América, el número de colegios y universidades durante siglos, las leyes promulgados, los hechos conocidos, los restos arqueológicos,… Sobre este asunto, siempre me resultó curioso que la Leyenda Negra surgiera, precisamente, del informe que Isabel de Castilla ordenó a Fray Bartolomé de las Casas para conocer el trato que se les estaba dando a sus nuevos súbditos y vasallos, con la intención de salvaguardar todos los derechos de los indígenas del Nuevo Mundo, la Nueva Castilla… ¡qué arte tuvieron los anglosajones a la hora de manipular aquel informe y vendérselo a los nativos y a medio mundo! El problema es que ahora -cuando ya todo parece que se aclara, gracias a las fuentes de la Historia-, esa Leyenda Negra la mantienen algunos españoles antitodo.

Hace sólo un año, volviendo a la carga, recordé a uno de los grandes investigadores sobre estos temas, Joseph Pérez, del que había leído unos estudios muy esclarecedores sobre el verdadero papel que tuvieron los conquistadores y, respecto a las distintas lenguas, el grado y tipo de relación que mantuvieron con los pueblos conquistados, así como el fin evangelizador que los movía.

Recordando datos ciertos sobre esta Historia, podemos concluir:

El primer gramatólogo de tres lenguas del Nuevo Mundo, es Fray Andrés de Olmos, con su libro los “Siete sermones principales sobre los siete pecados capitales” (y, en este punto, no olvidemos que el ecijano Xerónimo de Aguilar fue el primer predicador en la lengua nativa del Nuevo Mundo

La primera gramática náhuatl fue escrita en 1531 y Andrés de Olmos y publicó la suya en 1547, con el título de “Arte de la lengua mexicana”. 

El franciscano Gilberti, otro franciscano, codificó la lengua tarasca o purépecha. En 1559 publica el “Vocabulario en lengua de Mechoacán” y fray Alonso de Molina su “Vocabulario de la lengua castellana y mexicana” (primer repertorio bidireccional entre una lengua indoamericana y la castellana).

Domingo de Santo Tomás O.P., en 1560, publica la primera Lingüística quechúa, con el título “Grammatica o arte de la lengua general de los indios de los reynos del Perú”, aclarando que  “ los aborígenes peruanos poseían una “lengua de civilización”, es decir, que puesto que la complejidad de la lengua es comparable a otras lenguas consideradas entonces como cultas (como el latín o el griego), los indígenas tenían la misma capacidad intelectual que los europeos.

Desde el principio de la Conquista, tanto la lengua nahuatl como el quechua, fueron reconocidas oficialmente por Castilla, cuya Monarquía manifestó su decisión de crear otras Españas en las nuevas tierras, tanto jurídica, administrativa como culturalmente, hasta el punto de llegar a construir a lo largo de Hispanoamérica hasta 30 universidades para españoles, nativos y mestizos (indistintamente)

Llegado a este punto, recuerdo -una vez más-  las afirmaciones que, en 1995 realizara el mejicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura: “No todo fue horror: sobre las ruinas del mundo precolombino los españoles levantaron una construcción histórica grandiosa que, en sus grandes trazos, todavía está en pie. Unieron a muchos pueblos que hablaban lenguas diferentes, adoraban dioses distintos, guerreaban entre ellos o se desconocían. Los unieron a través de leyes e instituciones jurídicas y políticas pero, sobre todo, por la lengua, la cultura y la religión. Sí las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas. Para juzgar con equidad la obra de los españoles en México hay que subrayar que sin ellos ―quiero decir: sin la religión católica y la cultura que implantaron en nuestro país― no seríamos lo que somos. Seríamos, probablemente, un conjunto de pueblos divididos por creencias, lenguas y culturas distintas.

Abandonemos, pues, los complejos y construyamos juntos. Rindamos el homenaje que se merece a lo que fue una gesta de dimensiones inauditas, que cambió el Mundo para siempre y, de paso, procuremos que nuestros hermanos americanos se sientan y nos sientan, realmente, como hermanos.

Hoy es el Día de la Hispanidad, de parte de esa Humanidad, a la que llamamos España e Hispanoamérica, unida por un idioma único y riquísimo, gracias a todas las aportaciones particulares de las distintas culturas que lo integran… Yo me quedo con todo esto y, desde mi Andalucía (también Tartessos y la Bética y Al-Andalus), os felicito a todos con la esperanza de poder mantener mi particular identidad, el deseo de esta unidad necesaria y con estas palabras que todos entendemos.

Feliz Día de la Hispanidad.

 

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