“Tipografía”

Pablo Iglesias ha declarado que “en España no hay plena normalidad democrática”. Lo dijo y lo repitió ante la prensa y foros nacionales e internacionales, cuando ejerce como Vicepresidente del Ejecutivo Nacional y el hombre lo primero que dijo al tomar posesión de su cargo -hace un año-, fue que iba a “trabajar para que la próxima década en España sea la del constitucionalismo democrático”. Eso lo prometió cuando nuestro país se regía ya, claramente, por una Democracia Constitucional y, por tanto resultaba baladí el compromiso de trabajar por implantarla, habiendo bastado con expresar la sana voluntad de mantenerla. Pero el postureo es el postureo y Pablo Iglesias nunca se resiste cuando tiene la oportunidad.

Antes del advenimiento de Podemos y su prole al Ejecutivo, en España existía una clara división de poderes, se respetaban las Instituciones democráticas y, con ello, a la Corona, los símbolos nacionales, el diálogo interterritorial, los fiscales y jueces, las fuerzas de Orden Público,… Además, la libertad de expresión llevaba años siendo un derecho inalienable de cualquier ciudadano que -como debía de ser- estaba sujeto a la dignidad y los derechos de los demás. Existía la garantía procesal de una defensa justa, pero también se preservaba el imperio de la Ley garantizando las condenas a los delincuentes, la imparcialidad de fiscales y jueces, así como la equidad en la administración del Sistema Penitenciario. Por entonces, se distinguía, perfectamente, entre víctimas y verdugos, artistas malos y delincuentes cantamañanas, “chorizos” y políticos.

Sin embargo, durante los últimos tiempos la cosa ha ido cambiando disimulada, pero inexorablemente. Por eso, ahora, los cafres se permiten invadir las calles y atentar contra los bienes públicos y privados, enfrentándose a los representantes de la Ley sin ningún temor a ser detenidos o procesados. En estos últimos tiempos la autoridad ha sido tan permisiva con los terroristas, los golpistas, los delincuentes de los CDR, los fascistas antisistema, que parece habérseles concedido patente de corso; y ahora -que han tomado carrerilla-, estos cafres que nos invaden avasallándolo todo, lo hacen como si les amparara la razón y la justicia, porque se sienten seguros, poderosos,  impunes en sus tropelías, casi héroes de nadie sabe qué… y, por si fuera poco, Pablo Iglesias, Echenique y su troupe se encargan, con sus declaraciones, de hacerlos mártires de la utopía y víctimas de un Estado donde, “obviamente, no existe una plena normalidad democrática”. Un Estado -el nuestro- donde, paradójicamente, es el mismo Pablo Iglesias quien actúa como Vicepresidente responsable de esa hipotética anormalidad que critica. Está claro que hay a quien le va la bulla, la discordia, el enfrentamiento permanente, el río revuelto.

Por eso yo me pregunto si Pablo Iglesias no tendrá razón. ¿Cómo vamos a considerar que vivimos en una plena normalidad democrática, si él -que nos prometió trabajar por ella- no cree en la Constitución que la mantiene, ni en la Monarquía que la garantiza, ni en la independencia de los jueces que la preserva, ni en la separación de poderes que la hace posible? ¿Cómo vamos a creer que nuestro Estado es plenamente democrático, cuando en el tercer cargo de máxima responsabilidad de nuestro Gobierno, anda encasquetado un okupa antisistema que, continuamente, cuestiona y mina la autoridad de la Monarquía, presiona a los jueces, fomenta el enfrentamiento ciudadano, anima a los delincuentes de toda ralea, enciende a los sectores más extremistas -a los unos por activa y a los otros por pasiva-, evita pronunciar el nombre de España y confiesa, públicamente, que se avergüenza de nuestra bandera?

¿Cómo podemos pensar en una normalidad constitucionalista y democrática, mientras haya españoles que sigan sin darse cuenta? Creo que es una desgracia, pero sé que es una realidad. La hemeroteca está ahí para revisarla y comprobarlo. Pablo Iglesias dice lo que piensa y, aún así, hay quien sigue votándolo. Por tanto, si realmente pretendemos una verdadera Democracia y no sólo somos demócratas de boquilla, sólo nos toca esperar a que el tiempo descubra sus manejos o resignarnos y aprender a jodernos con el okupa, esperando que todo esto no sobrepase la Razón de la Justicia.

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