Esta semana el Congreso aprobó la “Ley de la Memoria Democrática”, una vez corregida su desafortunada denominación inicial como “Ley de la Memoria Histórica”, que hacía mucho más evidente la paradoja de su gestación y la verdadera sinrazón de sus intenciones.

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Antes o después cualquier sinrazón cae por su propio peso. Cuando aún procesábamos la noticia de la semana y nos preguntábamos si la remodelación del Gobierno de Sánchez respondía a un verdadero deseo de cambio o a un lavado de cara al servicio del egocentrismo al que nos tiene acostumbrados el Presidente, surgió el asunto de Cuba y, con sólo un gesto, toda la sinrazón se destapó, dejando el culo al aire a los estrategas de la intriga y el birlibirloque.

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Don Fernando Flores Pistón, el curita que huele a ovejas, ha sido el último en pedírmelo. Fue esta mañana, cuando -acompañado por mi Hermano Rafael- lo traía desde Cañada Rosal a Écija para confesar a las monjitas de Santa Florentina. Él también me ha preguntado por mis artículos, extrañado de este largo silencio de tantos meses en los que, sólo de vez en cuando, salgo a la palestra, más para recordar antiguos escritos que para aporta alguno nuevo. “La Pereza, don Fernando, la pereza… -le he respondido yo a su interés-. Cada día me cuesta más pensar en lo que nos está pasando y prefiero tragármelo a tratar de digerirlo: hoy por hoy, pensar, analizar con cierta lógica lo que nos está pasando, resulta una labor casi imposible; y, al final, se acaba en un diálogo de sordos con gente que no quiere razonar porque prefieren creerse lo que le dicen. Así que mejor me callo y no entro en trifulcas”. Él, con su extraordinaria generosidad, me ha replicado: “Pero Paco, Dios te ha dado ese don… y tú deberías escribir para los que te leemos”.

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EL/LA/LE BICHO/BICHA/BICHE

Un cuento desgenerado

Un día, unas reconocidas profesoras, unos reconocidos profesoros y unes reconocides profesores, especialistas, especialistos y especialistes en Ciencia Biogenética (rusas, rusos y ruses, todas, todos y todes ellos, ellas y elles), se pusieron de acuerdo y pensaron (a la vez, aunque parezca mentira) la forma de clonar al que tendría que ser el ente más complete, el ento más completo o la enta más completa, de todas, todes y todos las entas, los entes y los entos.

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