Hace una década escribí un artículo refiriéndome a la Hispanidad. Fue a raíz de una conversación que tuve con el magnífico poeta y periodista Sergio Gustavo Rabadá. Hablamos sobre la Identidad hispana y la estupidez de las exclusiones culturales porque, a pesar de que mi amigo es argentino -tan americano como un mapuche-, y yo me consideré durante muchos años, un nacionalista andaluz convencido -desde la ilusión mínima de algunas pizcas de antiguos tartésicos, hasta los refinados omeyas en la sangre-, los dos coincidíamos en la visión clara de una Cultura común integradora, en la que todos los pueblos trabajen por conservar sus riquezas particulares, aprendiendo -a la vez- de los errores de la Historia para no volver a repetirlos. A fin de cuentas, resulta absurdo -por un rencor estúpido de siglos diferidos- vivir en la discordia y, mucho más, hacerlo en y para la exclusión, cuando este Mundo nuestro -cada vez más globalizado-, está más necesitado de esa globalización.

Antes o después cualquier sinrazón cae por su propio peso. Cuando aún procesábamos la noticia de la semana y nos preguntábamos si la remodelación del Gobierno de Sánchez respondía a un verdadero deseo de cambio o a un lavado de cara al servicio del egocentrismo al que nos tiene acostumbrados el Presidente, surgió el asunto de Cuba y, con sólo un gesto, toda la sinrazón se destapó, dejando el culo al aire a los estrategas de la intriga y el birlibirloque.

Don Fernando Flores Pistón, el curita que huele a ovejas, ha sido el último en pedírmelo. Fue esta mañana, cuando -acompañado por mi Hermano Rafael- lo traía desde Cañada Rosal a Écija para confesar a las monjitas de Santa Florentina. Él también me ha preguntado por mis artículos, extrañado de este largo silencio de tantos meses en los que, sólo de vez en cuando, salgo a la palestra, más para recordar antiguos escritos que para aporta alguno nuevo. “La Pereza, don Fernando, la pereza… -le he respondido yo a su interés-. Cada día me cuesta más pensar en lo que nos está pasando y prefiero tragármelo a tratar de digerirlo: hoy por hoy, pensar, analizar con cierta lógica lo que nos está pasando, resulta una labor casi imposible; y, al final, se acaba en un diálogo de sordos con gente que no quiere razonar porque prefieren creerse lo que le dicen. Así que mejor me callo y no entro en trifulcas”. Él, con su extraordinaria generosidad, me ha replicado: “Pero Paco, Dios te ha dado ese don… y tú deberías escribir para los que te leemos”.

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