Visto lo visto en estas largas noches estivales de las Olimpiadas de Río, tendríamos que aceptar un hecho: hemos podido aprender mucho sobre el Espíritu Olímpico. Unas veces, por ausente (desde la presencia impuesta de los fulleros recibidos a pitadas, a los malos gestos como el del yudoca egipcio que no quiso saludar al israelita o las males artes en bronce del tenista japonés Nishikori) y, otras, por contundente, como el que se materializó en el sudor de un impecable Nadal (al que tendrían que dolerle los huesos hasta el tuétano), a las lágrimas de emoción de Michael Phels –el mayor héroe de la Olimpia moderna- que, con sus 28 medallas (23 de oro), no pudo contenerlas en su despedida.

Independientemente de lo que, al final, nuestros políticos hagan o dejen de hacer (que la Historia se lo premie o se lo demande y que a nosotros nos pille confesaos), he de aceptar que me preocupó el argumento de Pedro Sánchez sobre “las derechas con las derechas y las izquierdas con las izquierdas”. 

Esta semana nos sacudió de nuevo el terrorismo; y otra vez en Francia: en Niza. Ahora fue un ciudadano francés de origen tunecino, pero francés a fin de cuentas. Recordé la visita que giré al Barrio de Saint-Denis en mi primer viaje a la capital francesa y cómo mis amigos galos me advirtieron que era mejor no acercarse mucho por allí: un barrio casi exclusivamente musulmán, habitado desde hacía décadas por los inmigrantes magrebíes de las excolonias

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