Una de las cosas por las que dejé la política fue porque, con el tiempo, me di cuenta de que quien no está dispuesto a “tragar sapos”, no sirve como político; y, la verdad, es que nunca tuve demasiada vocación de tragasapos… para eso hay que tener mucho estómago y a mí todo se me va en barriga. 

Ayer, sábado día 15, se cumplieron treinta años desde que en nuestra ciudad fue elegida, por los representantes del Pueblo, la primera y única alcaldesa que hemos tenido en nuestra Historia: María de la Luz Méndez Correa, andalucista histórica ella, maestra de profesión y defensora a ultranza de la igualdad –tan justa- entre los hombres y las mujeres.

Estoy harto de que, una y otra vez, gente que no conozco de nada, hable por mí. Gente enrabietada, poco preparada y con escaso tacto (alguno hasta se huele los sobacos sin disimulo). Gente que, una y otra vez, tratan de sentar cátedra, afirmando categóricamente lo que está bien, lo que está mal y cómo hay que hacer las cosas en España “porque es lo que quiere la mayoría de los ciudadanos, la clase trabajadora y eso –acaban sentenciando- sólo puede hacerlo un gobierno de progreso…”

Durante los últimos años, algunos de los movimientos políticos en nuestro país me han parecido tan incomprensibles, que me han provocado cabreos mayúsculos, hasta alimentar en mí el mayor de los escepticismos. Pero, con todo –y quien me conoce lo puede corroborar-, así como he criticado a los tiranos de derecha y de izquierda (incluso a los que compartieron mis propias ideas), he mantenido en el mayor de los respetos hacia los políticos que han sabido servir al Pueblo o, al menos, lo han intentado de la mejor manera que han sabido.

Hoy he sentido pavor o, quizás, haya sido una tristeza infinita. Tanta, que la indignación que me ahoga, no la puedo ni traducir en rabia o letras rabiosas: sólo en letras.

         Fue por culpa de la casualidad que, a la hora de realizar unas gestiones ante el Organismo de Recaudación Tributaria de la Junta de Andalucía, me topé con tamaña infamia.

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