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Cada día que pasa me alegro más de haber abandonado la militancia de un partido. No por el partido que fue (y que ya no es), sino porque el hacerlo me permitió distanciarme de los partidismos y quedarme tal cual soy (que es como fui y me sentí siempre): demócrata cristiano, progresista, federalista y -tras veinte años de militancia activa- con las ideas meridianamente claras sobre lo pros y los contras de las formaciones políticas: su disciplina, sus estructuras y sus armazones de poder piramidal.

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Fue en 1934 cuando, por primera vez, los nacionalistas burgueses catalanes decidieron ir a las Elecciones Municipales y Regionales, formando una candidatura conjunta con la recién aparecida ERC, a fin de obtener la mayoría suficiente para crear una República Catalana Independiente. Aquel frente independentista ganó con una mayoría holgada de votos (no como ocurrió en las últimas elecciones que, a pesar de la mayoría de escaños, no consiguieron la mitad de los votos) y el 6 de octubre Lluís Companys proclamó unilateralmente el Estado Catalán de la República Federal Española. ¿Les va sonando?

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Cuando estos extremistas de la yihad porcojones, sangraron los boulevares de París, escribí un artículo que hoy podría recomenzar o recordar o, sencillamente, seguir escribiendo. Entonces fueron los bulevares que surgen desde el Arco del Triunfo y hoy ha sido la Rambla que desemboca en la Plaza de Cataluña. Lugares casi idénticos para la misma muerte sin sentido, ejecutada en nombre del mismo dios modelado desde la ira, con el barro -¡sólo barro!- de un fanatismo incomprensible para los que permanentemente buscan a otro Dios -¡tan distinto!- desde sus dudas.

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Señora o señorita Anna Gabriel:

Le confieso que llevo algún tiempo viéndola desbarrar una y otra y otra vez con la sinrazón de los extremistas, los dogmas de los fanáticos, las consignas del catón de Marx y esos aires de suficiencia con el que las rancias izquierdas se movilizan, proclamando una infalibilidad por la que -no sé qué ley, ni qué lógica- se conceden en exclusiva la legitimidad. Así, sólo ustedes están legitimados, sólo ustedes hablan por el Pueblo, sólo sus actos son justos y sólo su sistema político puede alcanzar la utopía de la Bondad Universal.

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