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El vapuleo de los últimos meses ha sido de aupa. Todo esto de Cataluña, ha traído tanta cola que creo llegado el momento de hacer una brevísima, pero necesaria reflexión.

Pienso, por ejemplo, que ha sido un desastre la actitud de algunos partidos políticos (por no decir, todos). Los unos, por pusilánimes y conformistas; los otros, por manipuladores y provocadores; estos, arrimando las ascuas a su sardina; aquellos, negándole a los demás –y de paso a la Justicia- la candela y el pescado. Hubo momentos, que algunos políticos me parecieron mojones (sí, mojones como se quieran entender: de los que, en la carretera, sólo sirven para estar tiesos. Indicando siempre lo mismo;… o de los otros, que apestan a legua, rodeados de moscones que comen de ella)

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Sucedió uno de estos días, cuando todos andábamos revueltos con las noticias sobre el invento de la secesión catalanista. Se obró el milagro.

Fue el viernes, en el Palacio de Benamejí de Écija. Un solo hombre, con el prodigio de la Palabra, hizo que más de ciento cincuenta personas, nos olvidáramos por más de una hora de tanta mala leche y tanto desvarío.

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El Camino de la Sinrazón es fácil de vislumbrar. La falta de argumentos, lleva al insulto y el insulto genera violencia. Sus cunetas se llenan de ladridos y sus destinos de incertidumbre.

Para los extremistas sólo existe la bondad de sus certezas, por eso todos los que no comulgamos con sus verdades somos repudiados, advenedizos (bien por la derecha o bien por la izquierda, todos los demás somos “rojos” o “fascistas”)

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Hace cuatro años, tras una conversación con un amigo, escribí un artículo sobre la Identidad hispana y sobre la sinrazón de las exclusiones culturales. Sin darnos cuenta, habíamos acabado interrelacionando lo que ocurría entonces con Cataluña –que era el preludio de lo que ahora nos está pasando- y la animosidad que, en países de Hispanoamérica, surgió contra España hace siglos, se mantuvo con los años y, en algunos de ellos, se sigue sintiendo hoy en día (paradójicamente, generado y alimentado por los propios españoles… que, como siempre, nos maltratamos de forma inconcebible e inevitable).

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