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Al hilo de esa “memoria cainita”, a la que nos referíamos en el artículo anterior, durante esta semana pasada he tenido conocimiento de dos noticias, que me han puesto los vellos de punta y, de paso, nos viene que ni pintadas para ilustrar el último párrafo de aquel artículo que, como conclusión, venía a decir: “… (… para considerarla “memoria”, deberíamos partir de la objetividad que nos concede el paso del tiempo y las informaciones veraces que nos proporcionan las investigaciones rigurosas de los asuntos)

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         Hoy se decide el futuro de nuestro país vecino y, con él, mucho sobre el futuro de Europa y, por tanto, sobre nuestro propio futuro.

         Es lo malo que tiene la globalización. Compartir es bueno, pero también tiene sus riesgos: tanta dependencia y cercanía, pega piojos.

         Para cualquier ser humanos civilizado, reventarse por Alá o por Alé, es una gilipollez morrocotuda, pero el fanatismo tiene un poder inmenso, porque no tiene miedo; por eso nos espanta que alguien –que haya perdido la chaveta en cualquier mezquita clandestina- se nos acerque sin darnos cuenta y le de por el pepinazo. Tanto nos asusta que, inconscientemente, se nos ponen los vellos como escarpia cuando se nos acerca alguien con pinta de “morito”. Esto es lo peor y más inmediato del pánico: los prejuicios que nos ocasionan y las injusticias que cometemos en su nombre.

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Las “paradojas son los dichos o los hechos contrarios a la lógica y por eso, para mí, España –en sí misma- resulta una paradoja. Supongo que será porque aquí habitamos los españoles y en nuestro genotipo, el de la paradoja, es alelo dominante y por eso andamos como alelados.

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