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Comienzo aclarando que la rabona que le hice la semana pasada a estas Letras Breves, no se debió al olvido ni a la pereza ni al cansancio ni a la desidia, sino al pasmo, al espanto y, si me aprietan, a la prudencia. Sí, a la prudencia, porque consideré que debía aguardar un poco y digerir todo lo que se me vino encima –como de sopetón- durante las jornadas sufridas en nuestro Parlamento Nacional, con motivo del debate y la elección del Presidente Rajoy.

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Una de las cosas por las que dejé la política fue porque, con el tiempo, me di cuenta de que quien no está dispuesto a “tragar sapos”, no sirve como político; y, la verdad, es que nunca tuve demasiada vocación de tragasapos… para eso hay que tener mucho estómago y a mí todo se me va en barriga. 

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Ayer, sábado día 15, se cumplieron treinta años desde que en nuestra ciudad fue elegida, por los representantes del Pueblo, la primera y única alcaldesa que hemos tenido en nuestra Historia: María de la Luz Méndez Correa, andalucista histórica ella, maestra de profesión y defensora a ultranza de la igualdad –tan justa- entre los hombres y las mujeres.

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Estoy harto de que, una y otra vez, gente que no conozco de nada, hable por mí. Gente enrabietada, poco preparada y con escaso tacto (alguno hasta se huele los sobacos sin disimulo). Gente que, una y otra vez, tratan de sentar cátedra, afirmando categóricamente lo que está bien, lo que está mal y cómo hay que hacer las cosas en España “porque es lo que quiere la mayoría de los ciudadanos, la clase trabajadora y eso –acaban sentenciando- sólo puede hacerlo un gobierno de progreso…”

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