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Durante el disfrute del retiro estival y la posibilidad de reflexionar en la bucólica paz del silencio campestre, he llegado a la conclusión –creo que muy generalizada- de de que, una de dos: o los españoles no aprendemos o es que la idiotez la hemos convertido en Patrimonio Nacional… aunque, sin duda, mi visión está influida por el hecho de haber militado durante años en un partido político, para salir escopeteado, harto ya de tanta incongruencia.

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Visto lo visto en estas largas noches estivales de las Olimpiadas de Río, tendríamos que aceptar un hecho: hemos podido aprender mucho sobre el Espíritu Olímpico. Unas veces, por ausente (desde la presencia impuesta de los fulleros recibidos a pitadas, a los malos gestos como el del yudoca egipcio que no quiso saludar al israelita o las males artes en bronce del tenista japonés Nishikori) y, otras, por contundente, como el que se materializó en el sudor de un impecable Nadal (al que tendrían que dolerle los huesos hasta el tuétano), a las lágrimas de emoción de Michael Phels –el mayor héroe de la Olimpia moderna- que, con sus 28 medallas (23 de oro), no pudo contenerlas en su despedida.

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Independientemente de lo que, al final, nuestros políticos hagan o dejen de hacer (que la Historia se lo premie o se lo demande y que a nosotros nos pille confesaos), he de aceptar que me preocupó el argumento de Pedro Sánchez sobre “las derechas con las derechas y las izquierdas con las izquierdas”. 

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España es diferente. Ahora que, tan de moda están los anglicismos y los chistes repetidos de internet, diría que lo del “typical spanish” es una realidad que me acongoja de tal forma, que acaba poniéndome los “congojos” de corbata.

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