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Independientemente de lo que ya ocurra, este primer día de octubre –junto a aquel 23 F de Tejero- pasará a la historia de la Democracia Española, como el más fatídico para la convivencia. Por tanto, resultaba completamente inevitable que, hoy, estas Letras Breves fueran escritas a modo de reflexión sobre lo que está pasando. Pero ya se ha escrito mucho y se han lanzado demasiadas conjeturas, así que permítanme limitarme a realizar en voz alta algunas preguntas que me hago estos días y para las que no encuentro respuestas adecuadas:

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La enfermedad del odio es demasiado abyecta. Es como una hidra de muchas cabezas, colmillos afilados y ojos enrojecidos por la ira, más sin cerebro alguno; y las hidras paren monstruos de idéntica catadura.

Si el absurdo ya venía exhibiéndose en el escaparate de las esteladas, el odio descontrolado ha dado sus últimos pasos y han desembocado en la abominación de esta inocencia masacrada de los niños.

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(… recordando a “Chico”, mi compañero de andaduras)

Siempre se dijo que no hay mal que por bien no venga. Hoy el calor me tiró de la cama antes de que dieran las siete, pero eso me ha permitido presenciar de largo el milagro -¡diario y tan inadvertido!- de la Naturaleza desesperezándose (aunque, la verdad sólo es una impresión antropocéntrica porque, pensándolo bien, la Naturaleza nunca duerme). Sólo mi perro me acompañó estos minutos. Es un yorksite que nunca quise y que se me ha hecho inseparable: pequeño, alegre, inquieto y peludo, al que le pusimos “Chico” por no llamarlo cualquier rareza estrafalaria, o “Pepe” o “Juanito” u otra ocurrencia advenediza de mitómano cánfilo. Pero, con el tiempo, el perrillo ha tenido más paciencia que yo -o más conciencia de sus necesidades- y con sus incontables muestras de fidelidad, me ha sabido corregir ciertas manías de antaño cuando, influido por tantos estereotipos y prejuicios absurdos, a este tipo de criaturas en miniatura, más que perros los llamaba “mariconadas” (y que me perdonen los maricones)

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Cada día que pasa me alegro más de haber abandonado la militancia de un partido. No por el partido que fue (y que ya no es), sino porque el hacerlo me permitió distanciarme de los partidismos y quedarme tal cual soy (que es como fui y me sentí siempre): demócrata cristiano, progresista, federalista y -tras veinte años de militancia activa- con las ideas meridianamente claras sobre lo pros y los contras de las formaciones políticas: su disciplina, sus estructuras y sus armazones de poder piramidal.

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