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         Hoy se decide el futuro de nuestro país vecino y, con él, mucho sobre el futuro de Europa y, por tanto, sobre nuestro propio futuro.

         Es lo malo que tiene la globalización. Compartir es bueno, pero también tiene sus riesgos: tanta dependencia y cercanía, pega piojos.

         Para cualquier ser humanos civilizado, reventarse por Alá o por Alé, es una gilipollez morrocotuda, pero el fanatismo tiene un poder inmenso, porque no tiene miedo; por eso nos espanta que alguien –que haya perdido la chaveta en cualquier mezquita clandestina- se nos acerque sin darnos cuenta y le de por el pepinazo. Tanto nos asusta que, inconscientemente, se nos ponen los vellos como escarpia cuando se nos acerca alguien con pinta de “morito”. Esto es lo peor y más inmediato del pánico: los prejuicios que nos ocasionan y las injusticias que cometemos en su nombre.

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Las “paradojas son los dichos o los hechos contrarios a la lógica y por eso, para mí, España –en sí misma- resulta una paradoja. Supongo que será porque aquí habitamos los españoles y en nuestro genotipo, el de la paradoja, es alelo dominante y por eso andamos como alelados.

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No nos equivoquemos: la corrupción siempre ha existido y existirá, mientras haya gestores comeollas que puedan hacer favores a gente sin escrúpulos dispuesta a pagar los favores recibidos.

Esta es una realidad conocida desde hace siglos y, mucho más, en los países latinos, herederos del Espíritu de una Contrarreforma sojuzgada por las artimañas del Privilegio y el simpático instinto del pícaro.

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Ha pasado la Semana Santa. Hubo quien aprovechó estos días para huir al mar o a la montaña; otros, para visitar a familiares, amigos y lugares de la infancia; una gran mayoría, para disfrutar de procesiones y actos semanasanteros, tan distintos en la estética, como pueden ser los de Lorca y Écija o los de Zamora y Sevilla… y, tras estos siete días y los hechos acontecidos -a raíz, directa o indirectamente de su celebración-, deberíamos concluir una serie de premisas derivadas de ellos:

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