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Como me gusta cumplir con el compromiso de estos artículos y ya, con tanto encargo, el toro casi me coge por momentos, dada la fecha en la que estamos y que este fin de semana no voy a poder asistir a nuestro Pregón de Semana Santa -que, seguro, será un exitazo de nuestro amigo Marcos-, se me ocurrió transcribir el mensaje final del que yo tengo que pronunciar en el barrio nazareno de Montequinto, invitado por la Asociación “Azahar en flor” y que comienza con un pequeño romance que reza:

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Como decíamos ayer o antes de ayer, tras la generación heroica de la postguerra -que levantó España y se esforzó en olvidar enfrentamientos y agravios-, y la desnortada por la Transición que tuvo (que tuvimos) que coexistir y asimilar el aprendizaje de dos mundos absolutamente opuestos en los que la naturaleza del bien y del mal fueron invertidas repentinamente (lo que nos enseñaron como malo resultó ser genial y lo que nos enseñaron bueno resultaron tonterías); llegó una nueva generación - la que nació en la década de los setenta u ochenta del pasado siglo- que cambió “el oportuno cachete a tiempo”, por el “incalificable atentado de la guantá” y la bronca de los trasnoches, por la filosofía del diálogo con los lactantes hiperactivos.

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Fue a comienzo de los años cuarenta del pasado siglo, cuando un pastor luterano alemán, Martín Niemöler, escribió su poema titulado “Cuando los nazis vinieron” que, posteriormente –y durante muchos años- se le atribuyó a mi admirado Bertolt Brecht. Poema que, por relación de ideas, durante las últimas semanas, no ha dejado de visitar mi memoria. Sus versos, finalizaban diciendo:

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Esta semana envío tarde mi artículo. Otras veces ha pasado, pero esta vez es porque me encuentro, literalmente desbordado con los actos de la Cuaresma. No creo que, durante estas fechas, exista un lugar en Andalucía que, en proporción a la población, tenga más actos cuaresmales que Écija. Pero por algo la llaman la “Ciudad de las Torres”, cuenta con cerca de veinte cofradías y con un censo de hermanos de casi veinticinco mil cofrades. Desde luego, aquí llega uno de esos listos a los que se les ha ocurrido proponer la supresión de la Semana Santa basándose en la laicidad del Estado, y va derechito al pilón de Colón o al de Puerta Cerrá, aunque estén más secos que la mojama.

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