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Atribuyen a mi admiradísimo Quevedo la célebre frase que nos advierte que, según nos presentemos así seremos recibidos para, después, ser despedidos conforme nos hayamos comportado; y, aunque sé que Don Francisco tenía más razón que un santo, procuro, sin embargo, evitar ese primer juicio que -como prejuicio que es- nos puede inducir a errores insospechados e irremediables.

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En plena Transición escribí que el mayor problema que los españoles podíamos afrontar a medio y largo plazo, podía llegar a ser la incapacidad para distinguir entre los derechos y los deberes, ya que los políticos buscavotos dedicaban todo su empeño (ahora también) a informar de los primeros, olvidándose de recordar las obligaciones que se derivaban y acarreaban esos derechos.

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Lo siento, pero no os perdono. Aprendí a ponerme en el pellejo de los otros, a venerar el vínculo de la Palabra, a vivir en la certeza de la Verdad siempre relativa (endeble, efímera, posiblemente errada), de esa Verdad de nadie que sólo construimos y hallamos entre todos. Intenté el entendimiento de los hombres a través del respeto y del diálogo, porque el tiempo me enseñó que era el único Camino posible para alimentar la conciencia del Hombre y hacerla crecer en la bondad. Por eso, yo que lo que anduve en la Vida me llevó hasta “el otro” y me hizo comprender que podíamos compartir el pan sin tener que compartir idénticas razones; que podíamos sentirnos unidos sin que, aparentemente, nada nos uniera; que podíamos latir juntos con ideas diferentes,… Ahora, no puedo perdonaros, porque vosotros los sectarios, los intransigentes, los dogmáticos, los perversos de la desmemoria, atentáis contra todas estas certezas que han llegado a sostener los principios de mi Vida.

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La Virtud tiene razones que no entienden las leyes de los hombres. Las Utopías sólo existen porque no dejan de serlo y, porque son hermosas, los quijotes luchamos por ellas. Por eso, en este intenso fragor que -desde todos los frentes- nos sorprende y nos confunde, con los argumentos y las réplicas que debaten sobre la responsabilidad que nos concierne en este dilema del ser o no ser, de lo que debe costarnos salvar la dignidad o lo que vale en realidad la Vida de un ser humano, no dejo de pensar que siempre deberíamos decantarnos por las razones de la Virtud y no de las leyes que los hombres escribieron y que les fueron dictadas por los intereses de los estómagos y las faltriqueras.

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