“Tipografía”

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Hace un par de artículos nos referíamos a la diferencia entre un ciudadano y un vasallo. La cosa no es baladí, porque de la diferencia de ser lo uno o lo otro depende nuestra Democracia, pues si la Democracia es el “gobierno del Pueblo”, la Oclocracia se define como el “Gobierno de la muchedumbre”; y si el Pueblo tiene alma y responde a la razón, la muchedumbre se mueve por el instinto de supervivencia.

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Más siendo el instinto algo primitivo y espontáneo, la Oclocracia es un sistema pensado, puesto en marcha e impulsado por los demagogos, con el único fin de conseguir el poder que dan los votos y servirse de él para sus intereses particulares o los de su grupo.

De aquí surge la antigua paradoja de la Democracia que, si bien es bendecida como el menos malo de los sistemas políticos, sin embargo, por su propia naturaleza corre el riesgo -mientras más universal- de resultar más perversa; pues no es lo mismo, a la hora de emitir el voto, estar informado que no estarlo, ser un ciudadano libre o un vasallo.

Respecto a esto, mi querido y admirado Amigo el profesor Genaro Chic, me envió una serie de artículos muy interesantes, que me hicieron reflexionar sobre las bondades y defectos de las democracias, conforme a la calidad de los políticos que las desarrollan y sus votantes.

Cuando presencio la invasión que sufrimos por la mediocridad y la ignorancia supina y atrevida de tantos votantes potenciales de nuestra Democracia, que sitúan Andalucía en Cáceres, a ésta en el norte de África o a Suárez en el Trono de España, me acuerdo de los filósofos que nos advirtieron del inmenso peligro de esta Oclocracia. Empezando por Polibio, que acuñó el término y, pasando por Aristóteles, Pericles, Juvenal, Lope, Shakespeare, Tocqueville, Ortega y Gasset,… Todos ellos, aún habiendo vivido realidades tan dispares y tiempos tan distintos, nos advirtieron sobre el interés de los oclócratas en mantener un sistema tan indeseable para ejercer el poder de forma corrupta, buscando su legitimidad a través de la manipulación del sector más ignorante de la sociedad, sobre el que vuelcan su atención, sus consignas y su propaganda.

Si queremos darnos cuenta, indicios de esta realidad la tenemos hasta en la sopa: es mucho más fácil manipular a un bachiller con una asignatura “no suficientemente aprobada”, que a quien se le exigió el aprobado y, mucho menos que al profesor que les dio la nota. Sin embargo, sus votos valen exactamente lo mismo (e incluso, según la provincia donde residan, puede tener menos valor el voto del profesor o de cualquier catedrático).

Por tanto, lo que más le interesa a estos políticos demagogos (pues es su arma más efectiva) es la ignorancia de los ciudadanos, no el Bien Común. Su objetivo es conseguir y mantener un poder personal o de grupo. El instrumento que utilizan, es la demagogia aplicada sobre las emociones irracionales; y eso, como se consigue es provocando la reacción del instinto, que es una reacción inmediata, visceral, que responde ante los discursos imbuidos en discriminaciones y agravios o que fomentan los fanatismos, los miedos y las perspectivas de utopías inalcanzables.

Lógicamente, para conseguir todo esto se necesita monopolizar y controlar la Educación y los medios de Comunicación. Así se consigue el dominio sobre la masa y, como consecuencia el apoyo de una voluntad manipulada que vicia la Democracia, al corromper la legitimidad que otorga el Pueblo (recordemos casos como el de Hitler o Chávez).

Para evitar esta degradación, el remedio pasa por implantar un buen sistema educativo y garantizar la independencia informativa de los medios, porque la Historia nos demuestra que, una vez instaurada la Oclocracia, sólo se puede preservar la Democracia con un poder político fuerte que se imponga a la muchedumbre y su irracionalidad;… y aquí surge el problema: porque ¿cuáles serían los límites de este poder para no caer en una tiranía que atente contra la verdadera soberanía popular? Una reacción así ha ocurrido muchas veces en la Historia; y en la nuestra, por ejemplo, la última Oclocracia dio lugar a la última Dictadura.

Deberíamos reflexionar sobre la situación a la que nos están abocando los que ahora nos enfrentan; y, una vez analizado el asunto, hacernos tres preguntas sencillas: ¿Cuánto de Oclocracia tiene actualmente nuestra Democracia? ¿Hacia dónde nos están conduciendo estos políticos de ahora? ¿Cómo deberíamos responder?

Por mi parte, desde estas humildes letras, propongo la implantación y el impulso de una buena Educación y de una Información objetiva y apelo (como siempre hago) al ciudadano libre que llevamos dentro.

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