“Tipografía”

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Decíamos ayer, que lo que no le perdono a Pedro Sánchez y sus adláteres, es que me estén polarizando. Tanto es así, que hoy me he sorprendido yo mismo escribiendo este artículo. Pero es que, cada día, se hace más patente la condescendencia de esta deriva “sanchista” (me merece mucho más respeto el PSOE) con los radicales, independentistas y antisistemas; lo que está llevando al gobierno de España al sectarismo más rancio y radical. Prueba de ello es el intento de aprobar leyes extremas, que incluso impiden a los ciudadanos expresar sus ideas con libertad (que eso es lo que hace la que reprime el sagrado ejercicio al Pensamiento libre y la Palabra -hablada o escrita- para manifestarlo)

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Dos Leyes están queriendo aprobarse, inconsecuentes entre sí. La primera permitiría insultar a la Monarquía, limpiarse los mocos con una bandera o burlarse públicamente de la Fe de cualquier ciudadano; mientras que la segunda podría, incluso, llevar a la cárcel a quien hablara bien de Franco o dudara de la maldad de cualquier aspecto del franquismo, aunque ambos lleven desaparecidos casi medio siglo.

Sin embargo, queramos o no, existe una sola verdad que no se puede ocultar y con la que no se puede traficar. Una verdad que no es exclusiva de grupo alguno y que siempre debemos cuestionar cuando nos la imponen o nos la ofrecen a cambio de algo. La verdad ni es obligada, ni necesita venderse: es la que es (aunque nunca resulte completa) y hemos de buscarla, hallarla y aceptarla, sin trampas y sin prejuicios.

Mi amigo y maestro Genaro Chic, me remite el comentario sobre un artículo de Jesús García Calero, a través del cual el poeta y periodista, analiza “Franco, anatomía de un dictador”, última obra de Enrique Moradiellos (doctor y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura y Profesor en la de Londres y en la Complutense de Madrid).

Moradiellos arremete contra todos los necios que han acabado resucitando a Franco, para hacérnoslo presente hasta en la sopa. El historiador denuncia la simplificación, la manipulación, la demonización que se está haciendo de la figura de un personaje dibujado en dos brochazos, cuando habría que reparar en tantas cosas –demostrables y verídicas- que se encuentran tras los acontecimientos reales que situaron al dictador en la Historia de España.

En su obra, Moradiellos trata a Franco partiendo del análisis de tres aspectos: el hombre, el político y su régimen, evitando a priori la demonización de cualquiera de ellos y basando su texto en una investigación seria y rigurosa, realizada durante los últimos quince años. En su estudio, el historiador deja claro que el general no era nada torpe. Por un lado, analiza la base ideológica de Franco y parte de sus lecturas sobre doctrina política durante los años treinta (desde Carl Schmitt o Menéndez Pelayo, al boletín de la entente anticomunista internacional) Por otro lado, resalta el hecho de cómo, en menos de dos meses, consigue el liderazgo indiscutible de una junta de generales en la que, al principio, ni siquiera estaba.

En cuanto a su estrategia o actitud política, el autor resalta su posibilismo. Procuraba llevarse bien con todos. Tenía una buena relación con los tradicionalistas, igual que con la CEDA y con Gil Robles; y, a pesar de que no se entendió con José Antonio (al que veía como un “señorito”), acabó congraciándose también con los falangistas aunque, después de desmantelarlos, esa relación resultara un poco “afilada”. Por otro lado y, siendo monárquico convencido, se llevaba bien con ellos, aunque sentía inquina contra Alfonso XIII por el tratamiento que había dado a un militar de prestigio, como era Primo de Rivera.

Por otro lado, puede resultar duro aceptar que medio país era franquista y, sobre todo, que el franquismo fue el resultado de una guerra o la institucionalización de una victoria; y, más duro, puede resultar reconocer que la República no desapareció por el golpe de Estado militar -que, en realidad, fracasó en un principio- sino como consecuencia de una guerra de tres años entre dos bandos de españoles enfrentados.

Según Miradiellos, para los que pierden la perspectiva histórica y creen que los derechos humanos vienen del paleolítico, penetrar en la complejidad de los hechos históricos resulta difícil (es lo que llamaríamos “falta de perspectiva histórica”). Esta perspectiva es la que hace que nos preguntemos, por ejemplo, cómo fue posible que -en un momento dado- un tirano como Hitler consiguiera 12 millones de votos y la militancia en su partido de la mitad de los alemanes.

Finalmente, el Doctor Miradiellos, expone una serie de conclusiones:

A medida que disminuyen las expectativas de la izquierda comunista y se desdibuja su futuro, crece su obsesión por el pasado y la memoria.

El sesgo de esa Memoria lo dan las víctimas. Para esta izquierda es importante destacar la razón de las víctimas inocentes del franquismo, para poder ocultar los actos de las que fueron culpables. Sin embargo, la verdad es que en una guerra (in)civil (siendo “guerra” e “incivil”) no pueden considerarse víctimas las de un solo bando. Esta es una ceguera interesada, pues la realidad es que, empezara como empezara, la contienda no dejó de ser un conflicto armado muy cruento entre dos partes enfrentadas, tanto en el frente como en la retaguardia. Retaguardia en la que se calcula la represión de un mínimo de 55.000 víctimas en la zona republicana y 90.000 en la franquista (40.000 más si sumamos la represión posterior). Por supuesto, hay más víctimas franquistas porque, como en cualquier guerra, el vencedor acaba dominando más territorio y durante más tiempo siendo, por tanto, mayor su represión.

Utilizar a los muertos como arma arrojadiza contra Franco para demonizarlo y deslegitimar su capacidad para gobernar, habiéndose tratado de una guerra civil, es como escupir al cielo, porque también el bando republicano tuvo sus víctimas inocentes y permitió actos que podrían considerarse crímenes de guerra. Las causas pueden ser sagradas, pero los ejércitos que combaten nunca son inocentes.

Lo que, realmente le interesa a la Historia, es una perspectiva de conocimiento y contexto; y, en este caso, hay que aceptar una realidad incuestionable: en 1936 la mitad del pueblo español era franquista y esta proporción era mucho mayor tras cuarenta años de dictadura.

Por todo lo dicho, la política que gestiona la Memoria Histórica de todos los españoles, debería ser consensuada, porque los prejuicios que causa no hacerlo así, son mucho mayores que sus beneficios para la estabilidad de la convivencia. A fin de cuentas, el caldo de una guerra civil no se cultiva por una sola parte (sólo se necesita recordar los mítines y declaraciones de Largo Caballero o Durruti, previos al 18 de julio)

En conclusión: hay mucho que hilar en todo esto y, posiblemente, lo mejor para servir a la verdad, a la objetividad y, sobre todo, a la convivencia, sería informarse debidamente, respetar a los muertos, dejarlos en paz de una vez por todas y que los vivos se pusieran de acuerdo, evitando agravios. A fin de cuentas, somos nosotros y nuestros hijos -los vivos que no vivimos aquel horror-, los que estamos sufriendo todo este sinsentido, tan rancio y sectario, de fantasmas enfrentados,… hasta el punto –como confesaba al principio-, de sorprenderme a mí mismo en la obligación de salir al paso del dislate, escribiendo artículos como el de hoy.

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