“Tipografía”

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Estos individuos de la (des)Memoria Histórica, no sé si es que son así de torpes o, simplemente, es que sus actos responden a la ignorancia del sectarismo cateto. Ahora el invento es desenterrar a Franco y llevárselo del Valle de los Caídos. Está claro que esta gente no sabe una mijita, ni de psicología ni de Historia.

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Estos desenterradores, que cobran tanto por pertrechar inventos tales -cada vez más desatinados y absurdos-, deberían de haberse informado antes sobre El Valle de los Caídos, sus circunstancias y sus protagonistas. La verdad, es que yo lo estuve haciendo durante estas dos últimas semanas y la cosa da para tres artículos por lo menos. Por lo pronto, vaya este por delante por si fuera posible aclararle un par de cosas al personal.

Primero, sacar a Franco del Valle de los Caídos para enterrarlo en otro sitio, es un mal invento que creará –para los extremistas- dos puntos de culto: el Valle (porque el Valle permanecerá y, si lo hunden, peor) y el otro sitio.

Segundo: Franco había previsto su enterramiento en el cementerio del pueblo de El Pardo, para lo cual había comprado una parcelita (donde ya está enterrada su señora); pero es que, además, en su momento había desechado un proyecto de panteón en el lugar por “demasiado grande” (cosa nada de extrañar en un gallego tan austero).

Con todo, hubo algo que Franco no pudo controlar: lo que pasó durante su estado de coma. Fue Arias Navarro y su Gobierno los que le pidieron al, entonces Jefe de Estado en funciones, el Príncipe Don Juan Carlos, que solicitara al abad benedictino, gestor del Valle de los Caídos, su enterramiento en el mismo. Cosa que, al no estar prevista, obligó a Juan de Ávalos a obrar un hueco en la parte trasera del presbiterio.

Pero, además, como no había lápida prevista, se recuperó una que había sido desechada para el enterramiento de José Antonio en 1959; por lo que la que cubre la tumba de Franco, está inscrita en su reverso con el nombre del fundador de la Falange.

Este hecho no tendría nada de particular si no fuera porque, cuando el destacadísimo falangista Serrano Súñer, le dijo a su cuñado que, de haber vivido José Antonio, el caudillo tendría que haber sido él y no Franco, éste tomó cartas en el asunto y se dedicó a maniobrar sibilinamente para desmantelar la poderosa Falange fundada por José Antonio y que, sin duda, podía convertirse en su mayor escollo para afianzar el poder.

Franco (en un verdadero alarde de estratega) convirtió a José Antonio, el “Ausente”, en un mito (calles, plazas, monumentos y enterramiento en El Valle), posiblemente para que los falangistas no pudieran sospechar lo que se les venía encima. El Dictador desmanteló la Falange y la organización Tradicionalista, para fundar –combinando y confundiendo la camisa azul de éstos con la boina roja de los requetés carlistas-, su propia Falange, la FET, con el fin de guardar memoria pero, sobre todo, de poder aleccionar a la Juventud española del futuro.

Lo que no tenía previsto el Caudillo, lo único que se le escapó, fue el detalle de que un día entraría en coma y otros, en su inconsciencia, podrían decidir por él. Así fue cómo, esos otros, creyendo que le hacían un favor, quisieron que durmiera el sueño eterno, justo al lado del fundador de la Falange y bajo una lápida que lo enfrentaba –literalmente- para siempre, con el que, aún muerto ya, llegó a ser –a través de sus seguidores- su mayor adversario potencial.

Créanme si les digo, que tengo la firme certeza de que si estos desenterradores ignorantes sacan a Franco de donde está, para enterrarlo junto a su señora, el mayor alegrón se lo van a dar al muerto.

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