“Tipografía”

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Atribuyen a mi admiradísimo Quevedo la célebre frase que nos advierte que, según nos presentemos así seremos recibidos para, después, ser despedidos conforme nos hayamos comportado; y, aunque sé que Don Francisco tenía más razón que un santo, procuro, sin embargo, evitar ese primer juicio que -como prejuicio que es- nos puede inducir a errores insospechados e irremediables.

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Escribo esto porque, tras el advenimiento de Pedro Sánchez y el nombramiento de toda su corte y corteza de ministros y ministras, opté por la prudencia y quise dejar un espacio lógico de tiempo para el análisis de lo que estaba pasando y, sobre todo, de lo que podía sobrevenir para bien o para mal; pues la cosa, no sólo iba a ser cuestión del cómo se nos habían aparecido (como elefante por cacharrería) sino, sobre todo, de los por qué de esa forma de aparecer y del para qué lo habían hecho.

Fue por ello que, a comienzo de junio, en mi artículo “Consejo de Ministros y Ministras”, me propuse ser lo más justo posible y, a pesar de todos mis años de experiencia política entre buscavidas y arribistas, quise dejar mis reservas en el cajón de las esperanzas por si, milagrosamente, se daba el imprevisto de una grata sorpresa.

Sin embargo, el tiempo es el despertador de los ilusos y también de los que, como yo, procuran hacer un ejercicio de fe hasta con las intenciones de los que se presentan con tan malas pintas; y, al final, he tenido que rendirme a la evidencia de que, en nuestra política, es un ingrato ejercicio de ingenuidad esperar el milagro de la virtud en quien llega como llegaron Pedro Sánchez y su corte: emergiendo desde el fango de los que estaban y gracias a los intereses de todos los demás.

Supongo que a sólo dos años vistas de otras elecciones, hay relativamente poco tiempo para sacarle rédito al negocio y, por eso, en algo más de un mes ya se han generado actuaciones como para pertrechar ese análisis que me negaba a preconcebir.

Si el problema era, realmente, la fiabilidad de Rajoy y del PP en el uso del poder, bien se hizo en apearlo entre todos del Gobierno. Pero, acto seguido, lo lógico hubiera sido devolverle a los ciudadanos SU Poder, para que ellos –y sólo ellos- eligieran un nuevo Gobierno en el que depositar su confianza.

El Poder es del Pueblo y todos pensábamos que en nombre del Pueblo se actuaba. Más, de haber sido así, los que actuaron en nombre de la Democracia, no se hubieran aprovechado de la ocasión para quedarse con ese Poder y repartirse sus prebendas.

En sólo un mes, resulta preocupante comprobar lo fácil que resulta negociar, desde ese Poder, cualquier asunto de verdadera trascendencia para todos, cuando hay quien necesita comprar apoyos para mantenerlo y quien está dispuesto a venderlo para lograr sus beneficios;… y, cuando hablo de “asuntos de verdadera trascendencia para todos”, me estoy refiriendo a un inmenso abanico que abarca desde los tratos de favor para los delincuentes independentistas y/o terroristas, a los actos judiciales boicoteados, a los atentados contra la Educación y la Lengua –en calidad e implantación-, a la escalada de descalificaciones contra las Instituciones Democráticas (incluida la Corona, el Poder Judicial y las Fuerzas del Orden Público), a las discriminaciones por razón de género o de fe, al desequilibrio presupuestario entre Comunidades y el incremento de la asimetría entre ciudadanos españoles; a los intentos de equilibrios presupuestarios en base a ingresos impositivos sobre artículos necesarios para la población, sin intentarlo primero conteniendo los cuantiosos gastos superfluos de las administraciones públicas y las Comunidades, incluyendo los devengados por los privilegiados de la política (léanse coches oficiales, “embajadas” catalanas, viajes, dietas, personal de confianza, etc., etc., etc.)

Todo se reduce al mismo cúmulo de despropósitos que tanto criticaban en la oposición y que prometieron resolver al acceder al Poder. Sin embargo y una vez en él, la necesidad del reparto, no sólo ha dejado sin resolver esos problemas, sino que los han agravado aún más, si cabe; provocando, de paso, un atentando contra los principios constitucionales que nos amparan a todos los españoles por igual, pensemos lo que pensemos y ya seamos hombres, mujeres, del norte o del sur;… y, lo peor, es que estos tipos de agravios comparativos entre tantos sectores y tanta gente, antes o después sólo pueden tener un desenlace: la quiebra de la convivencia.

Aún así, quiero aferrarme a lo única garantía que nos queda cuando nos fallan los gobernantes: la independencia del Poder Judicial (aunque vistas las sustituciones tan rápidas en la Fiscalía, también pueda estar pecando de ingenuo en este asunto).

Decía Quevedo: “Te reciben según te presentas, te despiden según te comportas”. No quise prejuzgar la aparición de lo que parecía un artificioparanosequé, pero -visto lo visto en tan poco tiempo-, me temo que tal como se están comportando los malabaristas de este invento, a la hora de despedirlos vamos a tener que echarlos con agua hirviendo.

 

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