“Tipografía”

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Lo siento, pero no os perdono. Aprendí a ponerme en el pellejo de los otros, a venerar el vínculo de la Palabra, a vivir en la certeza de la Verdad siempre relativa (endeble, efímera, posiblemente errada), de esa Verdad de nadie que sólo construimos y hallamos entre todos. Intenté el entendimiento de los hombres a través del respeto y del diálogo, porque el tiempo me enseñó que era el único Camino posible para alimentar la conciencia del Hombre y hacerla crecer en la bondad. Por eso, yo que lo que anduve en la Vida me llevó hasta “el otro” y me hizo comprender que podíamos compartir el pan sin tener que compartir idénticas razones; que podíamos sentirnos unidos sin que, aparentemente, nada nos uniera; que podíamos latir juntos con ideas diferentes,… Ahora, no puedo perdonaros, porque vosotros los sectarios, los intransigentes, los dogmáticos, los perversos de la desmemoria, atentáis contra todas estas certezas que han llegado a sostener los principios de mi Vida.

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Viví en los años aquellos, en los que un mundo pasó a ser otro mundo y la gente tuvo que orear el alma. Conocí a gente distinta, extraña y extraordinaria, tuve sentimientos encontrados y, todo ello, me regaló la ocasión de recapacitar sobre estos mundos que me tocó vivir: uno, para añorarlo en mi alma niña; y otro, para construirlo desde mi conciencia de Hombre.

Más conmigo fueron muchos los que experimentaron lo mismo y tuvieron que hacer idénticas esfuerzos. Algunos, para abandonar el Paraíso con el primer sentimiento de culpa; otros muchos –quizá, los mejores-, para dejar sus infiernos con el primer atisbo de esperanza… y así comenzamos a caminar juntos, haciendo de la rabia coraje y del coraje individual virtud colectiva para, al final, extraer desde esta virtud mancomunada la Igualdad, la Legalidad y, sobre todo, la Fraternidad que nos era tan necesaria.

Así fue cómo –ante los ojos admirados del Mundo- fue posible el milagro de nuestra Transición y de nuestra Democracia. Nos perdonamos, nos pusimos de acuerdo, remendamos nuestros rotos, nos dimos nuestra Constitución y fundamos una nueva España para todos, donde todos nos hemos entendido.

Pero ha pasado el tiempo y esta nueva generación de imbéciles mediocres, soquetes ignorantes y resabiados patológicos que, sólo supieron de aquel infierno de oídas, han decidido reconstruirlo con sus desvaríos.

No os perdono vuestro abuso del sectarismo excluyente, vuestra rabia incontenible, vuestras permanentes amenazas a la convivencia, vuestros gestos de paletos bananeros, esa incoherencia malsana que os dicta vuestra (des)memoria manipulada, vuestro regreso empecinado a los infiernos antiguos que, en vuestra incongruencia, los hacéis coincidir con los vínculos que mantenéis con los asesinos de hombres libres, con vuestros irresponsables olvidos de las víctimas inocentes de nuestra Democracia.

No os perdono que, para lograr un voto o la aprobación de la galería, le deis más valor a una piedra esculpida que al alma atribulada de los hombres.

No puedo perdonaros, sencillamente, porque yo tengo hijos que no quiero que conozcan ese infierno al que estáis volviendo a condenarnos.

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