“Tipografía”

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Ayer, mi querido Amigo, mi admirado Hermano Diego Lamoneda Díaz, me informó sobre la sentencia dictada por el Tribunal Supremo respecto a las clases de religión que –si así los padres lo desean- deberán seguir impartiéndose en toda España hasta segundo de Bachillerato. Sentencia ésta que restituye un derecho por el que, durante años (desde que se lo negaron para su hija), ha peleado con uñas y dientes, un Jurista de categoría contrastada: su hermano Francisco Lamoneda Díaz y, gracias a la cual, los padres españoles podremos elegir, para nuestros hijos, la Educación en los principios, familiares e individuales, que defendemos y que vivimos.

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En honor al valor y la constancia del hermano de mi Hermano, hoy que es Domingo de Ramos y Jesús entra triunfante por las puertas de Jerusalén, quiero recordar el artículo que, al respecto, escribí hace tres años:

EL DESTIERRO DE LA CRUZ

Mis padres quisieron que yo aprendiera el Humanismo y, como sentí que era bueno, quise que mis hijos también lo conocieran; por eso, los matriculé en un Centro donde podían enseñarle sus principios.

Allí les hablaron de un Hombre que nació, vivió y murió pobre; pero que no necesitó riquezas. Les dijeron que ese Hombre luchó por los desamparados; que, aunque exigía no robar y no matar, se saltó las leyes establecida cuando le evitaban acercarse a los marginados o ayudar al que pudiera necesitarlo. Un Hombre que trataba a los mansos con dignidad, secaba las lágrimas de los que lloraban, curaba a los enfermos, hacía justicia con los misericordiosos, llenaba de esperanza a los justos, ensalzaba a los pacíficos e, independientemente de sus orígenes o posesiones, enseñaba la tolerancia entre todos los hombres.

Les hablaron a mis hijos de alguien que se mezclaba entre los más pobres y excluidos, que no menospreciaba a nadie, que acompañaba a los que estaban solos, visitaba a los presos y los trataba con afecto. Un Hombre que caminaba –como si fueran sus hermanos- junto a los que nadie caminaba, consolaba a los maltratados con la ternura del mayor respeto y afirmaba que, el mayor valor que poseemos las personas, es nuestra capacidad para servir y tratar a los demás con la dignidad que pretendemos para nosotros.

Les hablaron a mis hijos de quien inició una verdadera Revolución y fue capaz de enfrentarse a los poderosos, denunciar a los tiranos, a los corruptos, vapulear a los avaros usureros. Un valiente que llamó hipócritas a los sacerdotes, por no mostrar con su ejemplo el respeto que predicaban y practicar sólo el mérito de la apariencia.

Les hablaron de alguien que, por iniciar esta Revolución del corazón y el Pensamiento, fue injuriado, acusado falsamente, perseguido, insultado, encarcelado, golpeado y asesinado salvajemente. Un Hombre, que sentía tanto el Amor (que lo practicaba tanto), que sus últimas palabras fueron para perdonar a los que clavaron sus manos y sus pies en una Cruz.

Les hablaron, en fin, de un Hombre que merecía ser Dios.

Mis padres quisieron que yo lo conociera y, como para mí fue bueno conocerlo, quise que mis hijos lo conocieran también y supieran de su Palabra, su Vida y su Ejemplo, para que hallaran en ellos –como yo hice- los principios éticos de sus vidas. Por eso, ahora, no me explico por qué los que se dicen justos y nos prometen trabajar por un mundo mejor para todos, se empeñan tanto en desterrar el ejemplo de un ser tan extraordinario de la conciencia de nuestros hijos.

Gracias hoy, Domingo de Ramos, cuando Jesús entró victorioso por las puertas de Jerusalén, a Don Francisco Lamoneda Díaz y a todos los que han luchado y conseguido que esta sinrazón sectaria, esta inexplicable injusticia, no haya podido perpetrarse.

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