“Tipografía”

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

Cuentan nuestras crónicas que, cuando el llamado Comité Republicano, fijó el golpe militar que debía derrocar a la monarquía española para el día 15 de diciembre de 1930, no pudieron prever que los oficiales Fermín Galán y García Hernández se precipitaran setenta y dos horas en la intentona y que, lógicamente, con aquél preaviso resultara abortada, aunque –aún así- el día previsto intentaran conseguirlo, en Cuatro Vientos, dos militares: Queipo de Llano y Ramón Franco.

Publicidad

De los miembros del Comité Conspiratorio, Largo Caballero fue detenido, Lerroux y Azaña se escondieron e Indalecio Prieto salió huyendo. Sin embargo (y este es un dato curioso del que se habla poco), Alfonso XIII –para evitar divisiones y males mayores en España- le pidió a Sánchez Guerra, que intentara formar un nuevo Gobierno contando con los fracasados golpistas para carteras ministeriales. Actitud ésta que, lógicamente, fue interpretada como debilidad. El propio Azaña, en sus “Memorias” confesaría que, en aquellos momentos, la República le parecía una posibilidad ignota.

No obstante, España es España. Sólo cuatro meses después, se celebraron las Elecciones Municipales de abril de 1931 y la cosa se confirmaba. Los resultados en su primera fase –de 5 de abril- fue de 14.018 concejales monárquicos por 1.832 republicanos; y en la segunda fase –el 12 abril-, de 22.150 monárquicos frente a 5.775 republicanos. Sin embargo, ante la debilidad de las instituciones constitucionales, los antisistemas (anarquistas y republicanos más radicales) amenazaron con tomar las calles y desencadenar un conflicto civil. Ante esta posibilidad y, a pesar de los resultados, el rey Alfonso XIII decidió abandonar España, considerando que era la única solución para evitar una guerra fraticida. De esta forma fue (por mucho que le pese a algunos) cómo, sin respaldo legal democrático, se proclamó la II República en España.

Les informo de todos estos datos (que, aunque aparecen en los libros de historia, la mayoría de los españoles desconoce porque ni se los han enseñado, ni fueron nunca adecuados para incluirlos en la Ley de la (des)Memoria Histórica) porque se me ha ocurrido pensar que, si contrastamos la forma de actuar que tuvo Alfonso XIII a la hora de abandonar el Poder, con la que está teniendo Puigdemont para conservarlo, podríamos comprender -¡por fin!- lo que es un señor que sabe servir a su Pueblo, con respecto a lo que es un individuo que se empeña en servirse de él. Aquél, se revistió de la dignidad de un Rey para saber marcharse; éste, mientras, se pone panza arriba, insulta, amenaza, lloriquea, se humilla y hasta bloquea todo el proceso constituyente de un parlamento, con tal de salirse con la suya. El Borbón sacrificó todos sus privilegios por la paz y el bienestar de su Pueblo; Puigdemont, está anteponiendo los suyos al de todos los ciudadanos –catalanes y españoles- que, de una u otra forma, se están viendo perjudicados por el desgobierno institucional de Cataluña, tanto en su convivencia como en sus intereses.

Alfonso XIII ejerció con la generosidad de un verdadero Servidor. Puigdemont, con la bajeza del polítiquillo rastrero y mediocre. Aquél era el ejemplo de un Rey, éste el prototipo más elemental de un tirano.

Publicidad
Tenemos WhatsApp 01a
Publicidad