“Tipografía”

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Como durante estas fechas en Andalucía andamos de carnavales, entre tanto cuarteto y chirigota me llegaron rumores de una ocurrencia que, en principio, atribuí a la guasa del Pueblo pero que, desgraciadamente, ha resultado cierta.

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Según parece, a uno de los muchos iluminatis con carné que pululan por la Junta de Andalucía, con el fin de justificar su jornal regalado, no se le ha ocurrido otra cosa que sentenciar, en esta tierra nuestra, que los piropos de toda la vida son un acto de “violencia verbal” contra las mujeres y, por tanto, deben ser prohibidos conforme a la Ley de “Violencia de Género”; y yo, sintiéndolo mucho, voy a pasar olímpicamente porque, machista o no, me he criado toda la vida entre mujeres admirables y, más que venerarlas, las adoro.

 Mujer fue la que me cuidaba cuando niño, me preparaba la ropa para el colegio, me sacaba los domingos y me dormía con voz dulce y aquella melodía de “Amapola”. Mujer es mi mejor Amiga, la madre de mis hijos, la que después de tantos años a mi lado cuidando enfermos, sigue levantándose antes que nadie –a pesar de sus dolores y mis regañinas- para preparar el desayuno o tender la ropa que dejó en la lavadora; esa heroína –mi única droga- que me sirve de ejemplo y me hace tirar del carro todos los días y, encima, se pone guapa para salir a la calle de mi brazo. Mujeres son mis cuatro hijas, que se baten el cuero –cada una en lo suyo-, construyéndose un futuro porque una vez les dije que había que labrárselo, aunque sólo fuera para no tener que depender nunca de ningún hombre. Mujeres son tantas amigas que admiro, que comparten a mi lado sus horas, sus ilusiones, sus versos, sus escritos o sus problemas y, encima, saben regalarme una sonrisa. Mujeres son las que nos alegran la Vida cuando la vida se nos pone cuesta abajo (por no decir cuando se nos empina, para que ningún cretino de neuronas podridas que viven del cuento de la igualdad de género, piense que estoy rayando la obscenidad). Las mujeres son un ejemplo en la lucha, las que nos hacen poner los ojos en la tierra y en lo que en ella vive, las que nos injertan alas para saltar distancias inverosímiles y vencer ausencias inexplicables.

Mujeres, en fin, fueron las que nos enseñaron a los hombres cómo se ama sin esperanza y cómo se vive toda la esperanza del alma; las que nos aguantan cuando caemos y le echan paciencia a nuestros malos días; las que nos sanan con una mirada o nos arrebatan con un beso. Las verdaderas maestras de la prudencia, la constancia y la dulzura de los reencuentros. Mujeres son las que saben materializar lo divino de este poquito que los hombres tenemos de ángeles … y ¿pretende la Junta de Andalucía que, por no parecer machista, ahora –que está tan cerquita la Primavera-, dejemos de saludar con un olé a esa mujer morena, rubia, pelirroja, alta, baja, delgada o llenita, que se nos aparece –por la gracia de Dios y sus creaturas- paseando garbosa por nuestras calles y alegrando las horas con el ritmo acompasado de esos taconeos bien ejecutados que, con tanta sabiduría y elegancia, saben entremezclar con el aroma limpio de los azahares?... ¿Qué me calle yo, sintiendo eso?... ¡Apañados están la Junta de Andalucía y sus borricos!

 

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