“Tipografía”

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Cada historia tiene sus propias historias convertidas en detalles y anécdotas y, su desconocimiento, es lo que muchas veces nos hace errar en nuestros juicios y ensalzar o maltratar a los protagonistas de las mismas. Eso lo aprendí, finalizando el siglo pasado, gracias a la historia de Jaime Ostos.

Era, por aquel entonces, presidente de Amigos de Écija y decidimos rendirle homenaje a los dos grandes toreros ecijanos de mitad de siglo: Jaime Ostos y Bartolomé Jiménez Torres colocando, para ello, sendos rótulos en las fachadas donde ambos nacieron o vivieron; pero Jaime nos pidió que ese rótulo no se colocara en la Calle Emilio Castelar sino en la de Oñate, que era donde había nacido.

A partir de esta petición, quise informarme de todo lo que había rodeado lo historia de Jaime y la del que, por entonces, se había convertido en un verdadero conflicto en Écija entre dos aficiones encontradas frontalmente. Al final, fue uno de esos magníficos conocedores de las crónicas apócrifas ecijanas (mi querido y admirado amigo Ángel Cáceres), el que vino a desvelarme un montón de datos que arrojaron muchísima luz a mi total desconocimiento sobre el asunto.

El acto resultó memorable pero, desde entonces, me sentí –como quijote que soy- deudor, por Justicia, de la figura de Jaime Ostos. Por eso, poco tiempo después, al hilo del proyecto de un monumento a las puertas del Coso de Pinichi, yo –tan bartolista como mi hermano el Poli y que quería tanto a mi vecino Bartolo y a toda su familia- escribí un artículo en el que decía:

Llegados los años cincuenta, dos chavales ecijanos, Bartolo y Jaime, entre sueños de triunfos y pesadillas de pitones, recorrieron los ruedos de toda España dejando en ellos jirones de vida regalada y, de paso, escribiendo el nombre de Écija con letras grandes en este difícil arte de Cúchares en el que conviven –y deben convivir en armonía- cosas tan dispares como la sangre, la caló, las moscas y el albero.

Pero la mala follá incontenible y demorada de los “unos” contra los “otros”, que andaban buscando excusas en los mitos cotidianos para seguir a la gresca, nunca dejaron vivir en paz ni a Jaime ni a Bartolo. El primero, que tanto amó siempre sus raíces, un mal día hasta tuvo que sacudirse el albero de Pinichi porque en su corazón grande de león ya no le cabían más humillaciones. Bartolo, por su parte (y lo sé porque él me lo dijo más de una vez), lamentó toda su vida aquella terrible rivalidad que tanto le dolía en su alma enorme de hombre bueno y que, después, se negó a repetir entre su hijo Antonio Ramón y Pepe Luis Vargas. Los dos sufrieron esta injusticia como un estigma indeleble y vital que nunca los abandonó y que parece que seguirá condenándolos eternamente (…)

“Hoy que tan baratos se venden los títulos y los honores, no podemos olvidarnos de Bartolo y de Jaime –de Jaime y de Bartolo-, porque ellos sí que los pagaron caros en su día y están pendientes de cobro desde hace tiempo (¡qué hermoso sería verlos juntos por fín –y ya para siempre- en un interminable paseillo de cariño, piedra, bronce o mármol, por las puertas de Pinichi!)

“Ahora, que ya no hay razones para la mala follá y las circunstancias del momento son tan distintas, actuemos sabiamente ante la historia y desagraviemos a los que supieron escribir la de nuestro Pueblo con su sangre: a los dos por igual porque, para nuestro Pueblo, Jaime y Bartolo –Bartolo y Jaime- deberían ser la misma Historia”.

Pues bien, ayer Jaime estuvo otra vez en Écija. Esta vez porque se lo había pedido el Tenis Club para inaugurar su exposición taurina y, de paso, poder recaudar fondos (aprovechando el almuerzo) para el Economato Social “Virgen del Valle”. Su visita ha reportado cerca de dos mil euros y, además, Jaime (que ha intervenido en más de ciento cincuenta festivales benéficos) donó uno de sus cuadros para que el Economato pueda venderlo o rifarlo.

A sus ochenta y seis años, volvió otra vez a Écija y se vino con sus veinticinco cornadas y tres extremauciones a cuestas… y, además, dejando claro que, por todos los sitios donde había toreado y en todas las entrevistas que le hicieron alguna vez, siempre aclaró que “no era sevillano, sino ecijano”.

Ayer Jaime Ostos estuvo entre nosotros y, gracias a eso, nuestro Economato podrá costear durante un mes más los alimentos que tantas familias necesitan. Inauguró la Exposición Taurina del Tenis Club, saludó a todo el mundo con amabilidad y, para rematar, volvió a dejar constancia de su deseo de volver a Écija cuando “tenga que encontrarse con San Pedro”.

Genio y figura, como siempre, ayer regresó a su ciudad un ecijano que se llama Jaime Ostos y que sigue teniendo el corazón de un león.

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