“Tipografía”

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Toda esta astracanada política con la que se inició y continuó nuestra semana (y que perdonen lo de “astracanada” aquellos ignorantes de la desmemoria histórica que aún no se enteraron que Muñoz Seca no era franquista), ha tenido, para mí, un desenlace esperado por un lado y absolutamente inesperado por otro.

Esperada era esta fuga de ratas en desbandada y el desfile de “caganets” ante los jueces. Previsible era que, ante la perspectiva de una pena o un recorte de privilegios, muchos de los que dijeron “digo” dijeran “diego”. Incluso, si me aprietan, les confieso que esperaba escribir hoy un artículo en el que poder comparar aquél túmulo de Felipe II en Sevilla que cantara Cervantes y que, ante tantos aspavientos, acababa su soneto con el maravilloso estrambote de los caguetas… “y luego, incontinente/ caló el chapeo, requirió la espada/ miró al soslayo, fuese y no hubo nada

Sin embargo y, a pesar de todo este desfile de payasos (y que me perdonen los payasos), lo que no esperaba era toparme hoy con la muerte de un verdadero ilustre en esto de hacer la pantomima, el mimo, soltar los disparates y dibujas las sonrisas. Un genio andaluz (de esos de los que no saben los que critican a los andaluces), que tras toda una vida de fatiguitas (de esas que se han pasado en Andalucía y que tampoco saben los que tanto nos critican), tuvo la inmensa fortuna de hallar la Justicia de los elegidos y poder ser reconocido y querido por todos los españoles de bien.

Gregorio Esteban Sánchez Fernández, “Chiquito de la Calzá”, estaba deseando coger el trote corto para ir, desde su Málaga, en pos de Pepita, la bendita cordobesa que lo dejo descompuesto y sin su amada de toda la vida, hace ya cinco años largos. Por eso, este sábado, Chiquito ha soltado su grito (que no hacía daño ni insultaba a nadie) –“¡Al ataqueeer!”…- y, abriendo la Puerta de una Gloria que ya siempre será suya, tarareando por verdiales, ha cogido el caminito del cielo.

Mientras Chiquito se eleva sosteniéndose los riñones como siempre, no sólo me siento huérfano de la sonrisa que me dibujaba, sino que percibo una tristeza profunda, consciente del abandono en que nos deja.

Es bueno que la condición humana tenga tantos contrastes, tantos matices, porque hay veces -como ocurrió esta semana- que, gracias a eso, las cosas buenas de los hombres que construyen la alegría de los que se duelen (devolviendo niños a los hombres a través del genio), prevalecen sobre el mal que provocan estos otros cobardes que vomitan el ridículo del títere y la astracanada de un espanto con el que hasta intentan hacer monstruos a los niños.

Lo de “Chiquito”, sí que fue una lección de Humanidad, un bien para los hombres. Lo de “Chiquito”, sí que mereció la pena.

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Joyeria Ramos