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Cuando estos extremistas de la yihad porcojones, sangraron los boulevares de París, escribí un artículo que hoy podría recomenzar o recordar o, sencillamente, seguir escribiendo. Entonces fueron los bulevares que surgen desde el Arco del Triunfo y hoy ha sido la Rambla que desemboca en la Plaza de Cataluña. Lugares casi idénticos para la misma muerte sin sentido, ejecutada en nombre del mismo dios modelado desde la ira, con el barro -¡sólo barro!- de un fanatismo incomprensible para los que permanentemente buscan a otro Dios -¡tan distinto!- desde sus dudas.

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Señora o señorita Anna Gabriel:

Le confieso que llevo algún tiempo viéndola desbarrar una y otra y otra vez con la sinrazón de los extremistas, los dogmas de los fanáticos, las consignas del catón de Marx y esos aires de suficiencia con el que las rancias izquierdas se movilizan, proclamando una infalibilidad por la que -no sé qué ley, ni qué lógica- se conceden en exclusiva la legitimidad. Así, sólo ustedes están legitimados, sólo ustedes hablan por el Pueblo, sólo sus actos son justos y sólo su sistema político puede alcanzar la utopía de la Bondad Universal.

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Esta moda que trata de implantarse por Cataluña, las Baleares y el País Vasco, de soltar a niñatos sin principios ni educación ni bosales, contra la gente que nos visita para disfrutar en paz y compartir con nosotros todo lo bueno que España puede ofrecerle, no es sino una consecuencia tristísima, pero muy directa, de la realidad en que nos desenvolvemos y que muchos no quieren ver ni corregir.

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Este jueves pasado acudí a mi cita habitual con el Festival Internacional del Teatro Romano de Mérida. En esta ocasión lo hice para presenciar la obra de Antonio Gala SÉNECA.

Hace treinta años ya que Gala confeccionó este magnífico retrato del que fuera preceptor del emperador Nerón. Séneca, el filósofo cordobés que, viviendo en la opulencia y la corrupción características de las altas esferas del antiguo Imperio, se convirtió en “el más romano de los estoicos y el más estoico de los romanos”. El hombre más consciente de la ética en la Roma imperial, pero incapaz de negarse a la tentación del poder y sus influencias más negativas. El sabio que aseguró que lo que no prohíbe la ley puede prohibirlo la honestidad; y, acto seguido, aseveró –y experimentó en carne propia- que hay menos camino de la virtud al vicio, que del vicio a la virtud.

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