No nos equivoquemos: la corrupción siempre ha existido y existirá, mientras haya gestores comeollas que puedan hacer favores a gente sin escrúpulos dispuesta a pagar los favores recibidos.

Esta es una realidad conocida desde hace siglos y, mucho más, en los países latinos, herederos del Espíritu de una Contrarreforma sojuzgada por las artimañas del Privilegio y el simpático instinto del pícaro.

Ha pasado la Semana Santa. Hubo quien aprovechó estos días para huir al mar o a la montaña; otros, para visitar a familiares, amigos y lugares de la infancia; una gran mayoría, para disfrutar de procesiones y actos semanasanteros, tan distintos en la estética, como pueden ser los de Lorca y Écija o los de Zamora y Sevilla… y, tras estos siete días y los hechos acontecidos -a raíz, directa o indirectamente de su celebración-, deberíamos concluir una serie de premisas derivadas de ellos:

Estaba cantado: un Rufián, por mucho que se esfuerce no puede ser buen parlamentario.

Siguiendo la pista que va dejando nuestro Diccionario, el “parlamentarismo”, es un sistema político en el que el poder legislativo está confiado a un “Parlamento” y éste, aparte del edificio en el que se encuentra, es la propia asamblea legislativa en la que realizan su trabajo los “parlamentarios”… y aquí llegamos al quick de la cuestión ya que, también según el mismo diccionario, se le llama “parlamentario” a quien parlamenta y, siguiendo el hilo, “parlamentar” es hablar o conversar con otras personas o “entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato o para zanjar cualquier diferencia”.

Como me gusta cumplir con el compromiso de estos artículos y ya, con tanto encargo, el toro casi me coge por momentos, dada la fecha en la que estamos y que este fin de semana no voy a poder asistir a nuestro Pregón de Semana Santa -que, seguro, será un exitazo de nuestro amigo Marcos-, se me ocurrió transcribir el mensaje final del que yo tengo que pronunciar en el barrio nazareno de Montequinto, invitado por la Asociación “Azahar en flor” y que comienza con un pequeño romance que reza:

Como decíamos ayer o antes de ayer, tras la generación heroica de la postguerra -que levantó España y se esforzó en olvidar enfrentamientos y agravios-, y la desnortada por la Transición que tuvo (que tuvimos) que coexistir y asimilar el aprendizaje de dos mundos absolutamente opuestos en los que la naturaleza del bien y del mal fueron invertidas repentinamente (lo que nos enseñaron como malo resultó ser genial y lo que nos enseñaron bueno resultaron tonterías); llegó una nueva generación - la que nació en la década de los setenta u ochenta del pasado siglo- que cambió “el oportuno cachete a tiempo”, por el “incalificable atentado de la guantá” y la bronca de los trasnoches, por la filosofía del diálogo con los lactantes hiperactivos.

Fue a comienzo de los años cuarenta del pasado siglo, cuando un pastor luterano alemán, Martín Niemöler, escribió su poema titulado “Cuando los nazis vinieron” que, posteriormente –y durante muchos años- se le atribuyó a mi admirado Bertolt Brecht. Poema que, por relación de ideas, durante las últimas semanas, no ha dejado de visitar mi memoria. Sus versos, finalizaban diciendo:

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